Justicia y Memoria. Responsable: Inés García Holgado

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Lugar: Buenos Aires, Argentina

Dedicado a los luchadores en la guerra civil española y en la postguerra en defensa de un mundo mejor, aquellos que defendieron un gobierno legítimamente constituído. A través de estos tres blog difundiré testimonios que forman parte de nuestra memoria histórica, escritos sobre los derechos humanos en la Argentina , en España, en Latinoamericana, experiencias del exilio y sobre todo aquello en lo que pueda ayudar a través de la palabra escrita en pos de luchar contra el silencio y el olvido que se cierne sobre la sociedad española de hoy. autorizaron a su publicación. Inés García Holgado

domingo, 27 de diciembre de 2009

Orihuela, 25 de diciembre de 2009
2010, centenario de Miguel Hernández: comienzan los insultos al autor de “Viento del Pueblo”.

Comunicado del Ateneo socio-cultural Viento del Pueblo, Asociación de víctimas del franquismo 17 de noviembre y del Movimiento ciudadano por la III República Miguel Hernández ante la aparición del libro "El canto del cisne de un poeta" de Miguel Barcala, lanzado por el el equipo de gobierno del PP de Orihuela. Diversas asociaciones han convocado, en señal de protesta, a la ciudadanía de Orihuela a acudir el próximo lunes, 28 de diciembre, a las 19.30 a la Plaza de San Sebastián, movilización con la que se solidariza el Fòrum per la Memòria del País Valencià

CONVOCATORIA:

Por respeto a la cultura, por respeto a Miguel Hernández, por respeto a las mujeres, por respeto a la Memoria Histórica, por respeto a la verdad…

Convocamos a la ciudadanía de Orihuela a acudir el próximo lunes, 28 de diciembre, a las 19.30 a la Plaza de San Sebastián.

• Asociación de Mujeres de Orihuela Clara Campoamor

• Ateneo sociocultural Vientos del Pueblo

• Asociación Víctimas del Franquismo

• Movimiento Ciudadano por la 3ª República “Miguel Hernández”

• Asociación Orihuela sin Barreras

• Asociación Orihuela 2010

Miguel Hernández con su esposa Josefina "El canto del cisne de un poeta", así se llama el libro de Miguel Barcala Candel. Librillo que inventa una estúpida biografía a la que siguen unas palabras que pretendiendo ser poesía no son más que un puñado de frasecillas que no alcanzan la categoría de verso ni por casualidad.

Miguel Barcala Candel no sabe escribir. Lo hace de forma patética y vomitiva. Pero lo peor es que su librillo pretende ser un homenaje a Miguel Hernández en su centenario. ¿Pero no sabe quién fue Miguel Hernández? ¿Miguel Barcala Candel no ha comprendido nada del legado de Miguel Hernández? Sería de ingenuos pensar que es así. No estamos ante un ignorante, sino ante un manipulador.

Un centenar de páginas repletas de engaños, porque la vida y obra de Miguel Hernández son una misma cosa y siendo inseparable e imposibles de relegar al ostracismo se recurre a la mentira. Los fascistas de este país tienen pesadilla cada vez que un joven se acerca a Miguel Hernández y pretenden inventarse otro Miguel, pues los jóvenes ansían ser libres y buscando referencias encuentran al poeta oriolano.

El invento consiste en una biografía que se pone en boca del propio Miguel para señalar que era ególatra, que no buscaba más que permanecer en el tiempo gracias a sus versos: pero si perdura en la memoria de nuestro pueblo no es solo por sus versos si no por su conciencia y compromiso, por su humildad y por ser parte de nosotros, del pueblo, y no por creerse nunca superior.

Señala el autor de la cosa esta que Miguel murió solo. Pero eso no es cierto: Miguel Hernández no murió solo. Lo que ocurre es que a algunos les gustaría que hubiese muerto solo y hubiese sido olvidado.

Pareciera, también, que Miguel se arrepiente de haber dejado su fe religiosa. Un acto de liberación ideológica, la superación de los condicionamientos sociales, aparece como un error. El momento más bello de una persona es ultrajado. Cuando muere la persona que debía ser y nace el Miguel que quería ser nos encontramos ante el cuestionamiento de la sociedad. Los fascistas no lo toleran.

Aún tiene el personajillo la desfachatez de señalar que los amigos de verdad de Miguel fueron los fascistas, y de señalar que la Guerra Civil fue culpa del pueblo. Y equipara la derecha, la muerte, con la vida; y la izquierda, la justicia social, con la muerte. Sería cómico si n o fuese trágico, si no fuese escupir sobre Miguel.

Sandeces y sinrazones varias prosigue escribiendo, pero con lo señalado es más que suficiente. Este fascista no merece más tiempo: cada palabra es un insulto a la inteligencia, al conocimiento y al sentido común.

Y sobre los supuestos poemas, ¿qué decir? No hay ninguno que merezca la pena ser leído, ni por forma ni por contenido.

Sirvan para situarlos: odas a los toreros, al imperio español, a los políticos del PP; ataque a la memoria histórica, insultos a las víctimas del franquismo y a sus familiares, a los valores democráticos, a los pueblos que luchan por su libertad...

¿El canto del cisne de un poeta? La obra de un fascista. Un fascista arropado y relanzado por un gobierno municipal facistoide, el equipo de gobierno del PP de Orihuela, utilizando el nombre de Orihuela para la divulgación de tal bazofia. No es de extrañar las declaraciones de la Concejala de Cultura, Pepa Ferrando y de otros miembros del P.P. , defensores de los principios de esa España oscura, conservadora y fascista. Es una vergüenza la imagen que estos personajes están dando de Orihuela a nivel nacional e internacional. Por ello pedimos la dimisión de la Alcaldesa de Orihuela, de Pepa Ferrando y de todo el equipo de Gobierno, máximos responsables de toda esta situación. Hacemos un llamamiento a todas las organizaciones y partidos políticos a combatir todos estos actos y actitudes, haciendo frente a esta ofensiva de este fascismo del sigloXXI. No dejemos que de nuevo vuelvan a matar a Miguel.

En Orihuela, 25 de diciembre de 2009.

ATENEO SOCIO-CULTURAL VIENTO DEL PUEBLO

ASOCIACIÓN DE VÍCTIMAS DEL FRANQUISMO 17 DE NOVIEMBRE

MOVIMIENTO CIUDADANO POR LA III REPÚBLICA MIGUEL HERNÁNDEZ.

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sábado, 19 de abril de 2008

ROSARIO LA DINAMITERA


ROSARIO LA DINAMITERA
triste noticia, descansa en paz compañera...
un abrazo.

“Rosario, dinamitera, / sobre tu mano bonita / celaba la dinamita / sus atributos de fiera. / Nadie al mirarla creyera / que había en su corazón / una desesperación / de cristales, de metralla / ansiosa de una batalla, / sedienta de una explosión. / Era tu mano derecha, / capaz de fundir leones, / la flor de las municiones / y el anhelo de la mecha (…) / ¡Bien conoció el enemigo / la mano de esta doncella, / que hoy no es mano porque de ella, / que ni un solo dedo agita, / se prendó la dinamita / y la convirtió en estrella! (…)”. Miguel Hernandez.


Más que un símbolo. Rosario Dinamitera se fue acompañada de la bandera republicana que tanto defendió. En la imagen, el entierro en el cementerio civil de La Almudena, en Madrid, ayer. - GABRIEL PECOT
JUANMA ROMERO - Madrid - 18/04/2008 07:30
Cuando cayó sobre el féretro la bandera tricolor, la republicana, empezó a llover. Las gotas fueron engordando hasta convertirse en granizo
ligero de primavera.
Tal vez fue sólo eso. Coincidencia. Tras una tregua de varios minutos, el cielo volvía a plañir en Madrid. Pero ese paréntesis encajó, meticuloso, en el entierro de un mito para la historia. La lluvia quiso detenerse en la despedida roja.
No es una simple metáfora. Rosario Sánchez Mora, la Dinamitera, vivió roja y murió, el jueves, roja. Con ella morían 88 años de lucha por la libertad. Casi 89, edad que habría cumplido pasado mañana.
Rosario ya había trascendido la levedad de la vida hace años, muchos años, cuando Miguel Hernández la inmortalizó en su poemario Vientos del pueblo (1936-1937). “Rosario, dinamitera,/ sobre tu mano bonita/ celaba la dinamita/ sus atributos de fiera/ [...] ¡Bien conoció el enemigo/ la mano de esta doncella,/ que hoy no es mano porque de ella,/ que ni un solo dedo agita,/ se prendó la dinamita/ y la convirtió en estrella!”.
Sin una mano por la impericia
Ese poema sólo exprime en unas líneas aquel día de 1936, al poco de que estallara la Guerra Civil. Aquel día Rosario perdió su mano derecha manipulando dinamita. Apenas tenía experiencia. Unas semanas antes, el 19 de julio, con 17 años, se había incorporado a las milicias populares para detener, desde el frente de Somosierra, a las tropas rebeldes del general Emilio Mola.
Rosario, dinamitera. El poema silabeó en los primeros minutos del sepelio. El mejor responso, el mejor homenaje. La oración laica. Por eso no se dejó enterrar en el cementerio madrileño de La Almudena, en el católico, sino en el civil, levantado junto al primero. Un camposanto recoleto, lleno de la atmósfera épica que también envuelve el cementerio parisino de Montmartre. Allí yacen los restos de Pablo Iglesias, de Pasionaria. Ahora también los de Rosario.
Acabó el canto del poema. Silencio. “¡Viva la República!”, gritó uno. “¡Viva la República!”, repitieron los demás asistentes, en torno al centenar. Los enterradores se afanaron en enyesar la sepultura. Silencio. Y un nuevo grito. El canto de La Internacional. De nuevo, emergió el dolor colectivo, el imaginario republicano, la profunda fe comunista.
“Yo era amiga de Rosario. Pero ella era un poco amiga de todos, los que conocía y los que no –musitaba entre sollozos Ángela–. Era tan afable, tan vigorosa... Nos deja un vacío enorme. Se va sin que se haya hecho justicia con todos los luchadores”. “Vamos a ser así de mayores, como ella”, se prometía otra mujer.
Era la concesión a la esperanza. Porque, latente aún la aflicción por la marcha de Rosario, se sentía el sueño. La lucha por la III República no ha muerto en sus corazones. No, desde luego, en el de las dos hijas de la Dinamitera, ni tampoco en el de Ángela. O en el de Gaspar Llamazares, también presente en el sepelio, como Paco Frutos, secretario general del PCE; Almudena Grandes y su marido, Luis García Montero, o Inés Sabanés, portavoz de IU en la Asamblea de Madrid. Como aquella otra mujer con su bufanda tricolor anudada al cuello. Todo un símbolo.
Rosario no está. Su recuerdo vive y vivirá. Lo intuía esa lluvia que paró en el adiós.

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viernes, 18 de abril de 2008

MARCOS ANA SALMANTINO

Testimonios de los protagonistas
Testimonios / Marcos Ana

El Mundo | 18 jul 06

Fernando Macarro procede de una familia muy humilde y profundamente católica. Con quince años se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y abandonó la religión. En julio de 1936 marchó al frente, pero le devolvieron a casa por ser menor de edad. Se incorporó finalmente en 1938 llegando a ser comisario político del partido comunista. Al acabar la guerra fue encarcelado y torturado. Se le juzgó en dos ocasiones y las dos salió con condena de muerte. Cumplió casi 23 años de prisión. En la cárcel comenzó a escribir poemas firmando como Marcos Ana. Fue indultado en 1961. Ya libre, marchó a Francia y se dedicó a viajar por todo el mundo convertido en un símbolo de la solidaridad internacional y de la lucha antifranquista.


Tengo la friolera de 82 años, aunque, como digo siempre, esos son años de edad. De vida tengo 59, que son los que quedan al restar los 23 que pasé en la cárcel. Entré con 19 años en mayo del año 1939 y salí en el año 1962 con 42. Soy la persona que más tiempo seguido ha pasado en las cárceles franquistas.

Yo procedo de una familia muy humilde. Mis padres eran campesinos sin tierra y analfabetos. Cuando tenía seis años, nos trasladamos a Madrid y nos afincamos en Alcalá de Henares. Allí viví mi adolescencia y mi juventud hasta que comenzó la guerra. No pude ir al colegio, ya que mi familia no tenía recursos y enseguida me tuve que poner a trabajar. O sea, que yo estudié prácticamente las cuatro reglas, como se decía entonces. Mis padres no pertenecían a ningún partido. Eran profundamente católicos. Eran tan sumisos que cuando pasaba el amo hacían la señal de la cruz, como si se tratara de un representante de Dios en la tierra. Por ese motivo yo en mi infancia era católico y, en mi adolescencia, más de una vez me sangraron las rodillas de hacer penitencia en las iglesias. Un día, sería el año 35, con quince años, asistí con un grupo de jóvenes católicos a un mitin de las Juventudes Socialistas en Alcalá para repartir nuestra propaganda. Me quedé escuchando lo que decía el orador y me di cuenta de que aquel hombre estaba hablando de mí, de mi casa y de mis problemas. Me empecé a interesar por lo que aquella gente decía. Pasé por un proceso de transición muy difícil. En esta época, a lo mejor durante el día estaba vendiendo los periódicos de las Juventudes Socialistas pero después no me acostaba sin hacer mis oraciones. Acabé afiliándome y, durante la guerra, me pasé al Partido Comunista. Todavía continúo defendiendo las mismas ideas. Hemos cometido muchos errores, sin embargo mi corazón sigue en el mismo sitio.

Al empezar la guerra, la JSU formamos un batallón al que llamamos batallón Libertad. Yo, con 16 años, era la mascota. Fuimos a la zona de Peguerinos, en la sierra de Madrid. A los pocos meses el ejército se regularizó, y a los menores nos enviaron a casa. Entonces me dediqué al trabajo político en Alcalá. Fui secretario general de esa comarca hasta el año 38. Ese año, los jóvenes tuvimos la idea de movilizar a los menores de edad. Organizamos dos divisiones de lo que se llamó Voluntarios de la Juventud. De vez en cuando aparecía el padre de algún chico y se lo llevaba de allí a caponazos. Era increíble, ¡chicos de 15 y 16 años movilizados! Cuando cumplí los 18 años me incorporé al ejército. Fui comisario político en una unidad. Después fui instructor de la juventud en el Ejército del centro hasta el final de la guerra. Se corrió la voz de que quienes tuviéramos responsabilidades políticas debíamos concentrarnos en el puerto de Alicante, porque nos iban a sacar de España. Nos concentramos a miles, pero nuestros barcos nunca llegaron. Los que llegaron fueron los de Franco. Y la División Littorio, que llegó por tierra. Nos atraparon a todos. Me llevaron al campo de prisioneros de los Almendros y, a los pocos días, me trasladaron al de Albatera, de donde me escapé, lo que resultó relativamente fácil ya que había muchísima gente. Conseguí llegar a Madrid y me escondí en casa de un amigo. A los pocos días un confidente me entregó a la policía. Me cogieron por ingenuo y por impaciente. En pleno año 39 estaba tratando de organizar la resistencia, contactando con los amigos. Uno de los que llamé se había hecho confidente y me denunció.

Me llevaron a la cárcel de Porlier, un antiguo colegio. Muchas veces me paseo por ahí y veo un espectáculo que me recuerda a nuestra época. Las madres van a buscar a sus hijos y eso me recuerda a cuando nuestras familias iban a recoger nuestros paquetes o a llevarnos los suyos. También iban a buscar los cuerpos de los que habían sido fusilados. Muchas veces las madres llegaban con el paquete y se tenían que volver. «No, señora, su hijo ha sido fusilado». Yo estaba condenado a muerte, lo habitual en esos días. Hasta tal punto, que cuando la gente iba al consejo de guerra al volver estábamos todos esperándoles para saber que condena traían. A lo mejor venían con los ojos llenos de lágrimas: «¡Treinta años! ¡Treinta años!». Y te abrazaban, porque traer treinta años de condena era una suerte, era evitar el fusilamiento.

Desde el principio empezamos a montar una organización clandestina en la prisión. Una organización muy cerrada y muy opaca. Cada miembro conocía sólo a dos compañeros, el que te pasaba las cosas y al que tú se las pasabas. En el año 43 creamos un periódico al que llamamos 'Juventud', destinado a mantener el ánimo de los presos y a mantenerlos informados. Estaba primorosamente hecho, incluso llevaba dibujos. Un día sorprendieron a un chico leyéndolo. El chico confesó y yo entonces decidí entregarme para evitar que cayera más gente. Estuve casi un mes en la Dirección General de Seguridad, donde me torturaron cruelmente. Me machacaron vivo, pero no delaté a nadie. La tortura es una pelea extremadamente difícil. Llega un momento en que temes por tu razón. El problema es que mientras tú estás bien, aunque te machaquen, si tienes moral, lo soportas. Lo malo es que pasa el tiempo y empiezas a temer, Por qué dices: «¿Pero hasta dónde voy a controlar mi cabeza?» Mi fortaleza era imaginarme mi vuelta a prisión. A mí, en la prisión, todo el mundo me quería. Me llamaban el chaval porque era de los más jóvenes, y todos me conocían. Yo pensaba: «Si vuelvo sin haber entregado nada, después de haber salvado la situación y habiendo resistido, ¡joé!, la gente me va a comer a abrazos. Pero ¿y si vuelvo después de haber hablado? No me voy a atrever a mirar a nadie a la cara, seré como un pelele, siempre solo en un rincón del patio» Eso era lo que me daba fuerza. Después de estas torturas, me condenaron por segunda vez a muerte. Cuando las penas de muerte se conmutaron por treinta años, a mí me cayeron sesenta.

Un día, cuando me encontraba en la Dirección General de Seguridad tirado en la celda, lleno de sangre y hecho un guiñapo, de repente sentí que me lanzaban un papel por el ventanuco. A rastras, como pude, cogí el papel. Era un retrato de Lenin, que alguien había arrancado de algún libro. Nunca supe quién me lo mandó. Lo cierto es que, para mí, desde ese momento, fue como si yo ya no estuviera solo. Como si alguien estuviera vigilando y controlando mi situación y mi comportamiento. Tenía el retrato enterrado bajo la arenilla del suelo de mi celda. Cuando bajaba, lo desenterraba y hablaba con él: «Mira, camarada, cómo me han puesto, pero no temas, que yo tendré fuerza suficiente para defender al partido». Un día, estando en el calabozo, oí unos gemidos y me asomé por el ventanuco de mi puerta. Vi que traían en brazos a un preso al que habían torturado. Me di cuenta de que aquel hombre estaba entregado. Que ya había confesado algo y que estaba vencido. Yo, que era todavía un niño, tenía 21 o 22 años, desenterré el retrato de Lenin y le dije: «Tú sabes que por nada del mundo me desprendería de ti, pero te necesitan en la celda número 27». Cuando me sacaron al servicio, pasé delante de su celda y le tiré la foto. Parecerá un milagro, pero al día siguiente, cuando oí que venía este preso, me asomé y observé que venía andando por su pie y en su mirada había una luz tensa y distinta a la del día anterior. Aquel hombre se había rehecho. Recibir la fotografía lo resucitó. Años después, en la cárcel de Ocaña, oí a un hombre contar la historia. Entonces me di a conocer. «¡Yo soy el que te pasé la foto!» Me confirmó que ya había denunciado a alguien y que, cuando se encontró con el retrato, se golpeaba contra la pared, desesperado. Muchos años después, en Moscú, visitando el museo de Lenin, Yeltsin me enseñó el papel en el que yo escribí esta historia junto a la famosa fotografía de Lenin con un pionero en la Plaza Roja. Se lo enseñaban a todos los españoles.

En la prisión, en un primer momento, lo único importante era sobrevivir, hasta el punto de que en Porlier, al poco tiempo de entrar, no quedaba ni un hierbajo en el suelo. Las hierbas del patio las cogíamos, las metíamos en agua a hervir y nos las comíamos como podíamos. Muchas mañanas te encontrabas con que, no sólo faltaban los compañeros que habían fusilado, sino que también muchos aparecían muertos a tu lado, de hambre o de frío. La situación cambió coincidiendo con el fin de la Guerra Mundial. Nuestras familias se habían rehecho y nos podían ayudar. Europa pudo volver sus ojos a España y se empezaron a organizar comités de amnistía, socorro popular... Y comenzó a llegar algo de esta solidaridad, que nos ayudó a sobrevivir.

En esa época empezamos a estar más tranquilos y más alimentados y gracias a eso empezamos a organizarnos mejor. Éramos como un estado dentro de otro estado. Montamos clases clandestinas. Teníamos cientos de libros escondidos. Era muy fácil introducir libros en la cárcel. Lo difícil era mantenerlos ocultos. Lo que hacíamos era coger de entre los libros de la biblioteca de la cárcel, casi todos religiosos, el libro más parecido al que queríamos camuflar. Desencuadernábamos los dos libros, cogíamos las tapas del libro legal con las cien primeras páginas, que era donde aparecían el sello de la cárcel y las firmas del director y del capellán e íbamos intercalando cien páginas de nuestro libro y cien del otro y así sucesivamente. Como teníamos buenos artesanos, componíamos de nuevo el libro que, por fuera, era La historia de Santa Genoveva y, por dentro, El capital. Teníamos de todo, y todo clandestino. Había una escuela de pintura e incluso organicé una tertulia literaria en los últimos tiempos. También hacíamos una revista, que sacábamos de la cárcel y que se reproducía y se difundía fuera.

La cárcel fue mi universidad. Conocí a mucha gente. Coincidí con Buero Vallejo y con Miguel Hernández entre otros muchos. Miguel Hernández era una persona entrañable, murió de franquismo en la prisión de Alicante en el año 42. Unos años después le hicimos uno de nuestros homenajes: Esperábamos a la noche, a que cerraran las galerías. Entonces montábamos un pequeño escenario con mantas y sábanas. En las ventanas algunos presos se dedicaban de la vigilancia y así, en el silencio terrible de la cárcel, hacíamos los homenajes. El de Miguel Hernández lo titulamos Sino sangriento, que es el nombre de uno de sus versos. Tenía tres actos, con los nombres de tres de sus libros: El rayo que no cesa, Vientos del pueblo, que trata de la guerra y Cancionero y romancero de ausencias, que era el de la cárcel. Unos narradores relataban los hechos y una pequeña banda de música se colocaba detrás del escenario con sus instrumentos realizados con los palos de las escobas y con cosas así. Era muy ingenioso: se cortaba un trozo de escoba de caña. Unas gomas sujetaban un papel de fumar en cada punta y se le abrían unos orificios. Sólo con eso salía una música preciosa, que era como un zumbido, pero muy bonito. Una cosa tremenda. Esa bandita, compuesta por cuatro o cinco personas, iba poniendo música a determinados pasajes. Cuando los locutores contaban la parte de la guerra de España y de los soviéticos se oía La Internacional. Con los franceses y André Martí... se oía La Marsellesa. Los mexicanos con Siqueiros y tal... Se oía La Cucaracha. Todo a media voz. Se titulaba Homenaje a voz ahogada a Miguel Hernández. Fue algo impresionante, en medio del silencio de la prisión. De vez en cuando, oías el «alerta» de los centinelas desde las garitas. Toda la noche: «¡Alerta el uno!, ¡Alerta el dos!, ¡Alerta el tres!» Eso se hacía para que el cabo de guardia supiera que no se había dormido ninguno de los centinelas. Hicimos otros homenajes a Rafael Alberti y Neruda. Creo que jamás se podrá concebir un homenaje más emocionante que éste.

Ésta fue mi escuela y la de mucha gente, y así pasé los años de prisión. Hoy miro aquello casi con nostalgia, «¡Joder, aquélla fue una de las épocas más hermosas de mi vida!» Sabías que el futuro te pertenecía, aunque estuvieras sufriendo y te pudieran llenar la cabeza de plomo, aunque te tocara caer, pero nos parecía que el futuro era nuestro. Se vivía con esperanza. El talón de Aquiles del preso era la familia. Si veías a alguno triste, preocupado, andando solo por el patio, es que su familia tenía algún problema.

Empecé a escribir en la década de los cincuenta. Todo empezó porque me sacaron de la galería y me llevaron castigado a celdas. Allí estaba aislado. Los funcionarios te sacaban el petate por la mañana y no te lo devolvían hasta la noche para que fuera imposible tumbarse durante el día. Entonces los compañeros, los destinos, que eran quienes barrían y hacían la limpieza, se encargaban de introducir comida o lo que fuera en el petate antes de devolvértelo. Una de las veces me metieron unas hojas arrancadas de libros de Rafael Alberti y de Neruda. Las manoseaban antes para que el sonido del papel dentro del colchón fuera imperceptible, porque los guardias a veces lo inspeccionaban para ver si notaban algo raro. Releí aquellas hojas más de mil veces, y eso me creó un clima un poco particular, que hizo que empezara a escribir con un pequeño lapicero que me habían pasado. Cuando salí de celdas me animaron a continuar diciéndome que lo que había escrito estaba muy bien. Lo sacamos al exterior, como el náufrago que lanza un mensaje al mar en una botella sin saber si va a llegar a algún destino. No le di más importancia. Tiempo después, llegó un paquete de México, en el que nos mandaban revistas y otras cosas que nuestras familias nos pasaban clandestinamente. Entre todas esas cosas, venía un librito mío, con ocho o diez poemas. Aquello me hizo pensar que esta era una forma más de ayudar a que la gente comprendiera nuestra situación. Entonces pensé que debía adoptar un nombre para firmar mis cosas. Pensando en mis padres me puse Marcos Ana. A mi padre lo habían matado en la guerra y mi madre murió, la pobre, cuando me condenaron por segunda vez a muerte. Anduvo deambulando por la puerta del penal de Burgos intentando verme. No lo consiguió. La encontraron muerta en una zanja. Poco a poco empecé a contactar con los poetas en el exilio. María Teresa León y Rafael Alberti, se valieron de que Paco Rabal pasaba por Buenos Aires y le dieron una pequeña nota, que me pasaron dentro de un tubo de pasta, que decía: «Cuéntanos algo de tu vida». Entonces les compuse un pequeño poema:

Mi vida
os la puedo contar en dos palabras:
Un patio
y un trocito de cielo donde a veces pasan
una nube perdida y algún pájaro
huyendo de sus alas.

A partir de aquel poema, que titulé Mi corazón es patio, empecé a ser conocido fuera de las cárceles. En el extranjero la campaña en mi defensa fue muy fuerte. Entonces el Gobierno promulgó un decreto, según el cual las personas que llevaran más de veinte años ininterrumpidos en prisión serían excarceladas. Fue una cosa insólita, ya que fui el único al que le afectó. Normalmente, nadie estaba en prisión más de veinte años o, como mínimo, se entraba y se salía cumpliendo la condena en dos o tres veces. Pero yo estaba condenado a sesenta años y fui el único que salí de la cárcel gracias a ese decreto.

Cuando conseguí la libertad a finales de 1961, salí en los periódicos de todo el mundo. Fraga, que entonces estaba en el Ministerio de Información y Turismo, reaccionó con un folleto que se titulaba: Marcos Ana, asesino, en el que me atribuían todo lo que había pasado en Alcalá de Henares durante la guerra. Si eso hubiera sido cierto, me hubieran fusilado muchos años atrás. De todas maneras, sólo puedo agradecérselo, porque eso me dio todavía más publicidad.

Sabía que el aparato clandestino francés iba a venir a buscarme. Estuve unos días en Madrid, en casa de mi hermano, hasta que vino a buscarme un matrimonio francés. Querían que me aprendiese de memoria mi nombre en francés, pero yo ni me aprendía mi nombre ni nada. Entonces, la mujer me puso una bufanda, me tapó un poco y salimos. El coche era de una marca importante y el hombre iba ataviado con gorra y uniforme de chofer. La mujer se sentó detrás conmigo y, cuando llegamos a Irún, le dijo al guardia: «Por favor, dése prisa porque mi marido está enfermo». Y así, con pasaporte falso, pasamos la aduana. Cuando llegué, lo primero que hice fue organizar el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE) presidido por Picasso, pero dirigido por mí. Había muchísima gente: Yves Montand, Piccoli, Jean
Paul Sartre, Jean Cassou... Desde allí empecé a organizar las campañas de solidaridad internacional. He viajado por casi todo el mundo. Mi vida ha sido muy intensa y apasionante. Me ocurrieron cosas muy graciosas. Siempre he parecido mucho más joven de lo que soy. Salí de la cárcel con 41 años, pero sin embargo parecía que tenía veintitantos. En una ocasión, había ido a Inglaterra para pronunciar una conferencia en el parlamento. Me acompañaba un intérprete, que era un ex brigadista, profesor de español que tenía lesiones de guerra y estaba cojo, e iba con un bastón. Tendría 45 años, pero estaba muy envejecido. Cuando nos hicieron pasar, yo, como siempre he sido nervioso, entré deprisa, subiendo la escalera a gran velocidad. Me extraño que nadie se moviera cuando aparecí en el escenario. Cuando, unos segundos después, entró el intérprete con su bastón, cojeando, todo el mundo se puso en pie, aplaudiendo. Para un inglés era inconcebible que yo, que parecía un jugador de rugby, hubiera estado 23 años en la cárcel, torturado y condenado a muerte, tenía que ser el otro, que iba con su bastoncito.

Estas conferencias nos permitieron dar a conocer nuestra lucha. Solían preguntarme qué había sido lo más difícil. Lo más difícil para mí, después de tantos años de prisión, fue la libertad. Yo en la cárcel sabía vivir. Era como un pedazo más de aquellas piedras. Lo difícil fue salir a los 41 años, después de 23 encarcelado. Fue como si me hubieran abandonado en un planeta extraño. Para mí fue una cosa tremenda: la adaptación a la vida, a la libertad... Fue lo más difícil. Al principio, vomitaba los alimentos, no podía subir a los vehículos, incluso los ojos se me enrojecieron, puesto que el nervio óptico, en la prisión, se va retrayendo. Como se tienen paredes o muros delante en todo momento, se acostumbra a enfocar siempre cerca, y va perdiendo facultades. Si estaba en una habitación o en una calle donde hubiera edificios altos, la vista se protegía y estaba tranquilo. Pero cuando salía al campo me mareaba, como si me hubieran puesto unas gafas que no eran mías. Fue un tiempo difícil, porque no conocía y no entendía muchas cosas del mundo al que había salido. Tenía conciencia de que era un ser adulto, pero, al mismo tiempo, tenía la candidez y la inexperiencia de un adolescente. Por ejemplo, nunca había estado con una mujer. Cuando salí en libertad, uno de mis amigos vio que me quedaba atontado mirando a las mujeres por la calle. Salimos una noche juntos a un cabaret y él pensó que lo que más ilusión me haría sería irme con una mujer. De modo que cogió a una chica, le dio mil pesetas y le dijo: «Toma, para que te vayas con mi amigo». Cuando me quedé a solas con esa chica, yo quería que me tragara la tierra, porque no sabía cómo comportarme. Ella se creía que estaba borracho y cuando intentó devolverme el dinero, tartamudeando, le conté lo que me sucedía. Que había pasado 23 años en la cárcel, no conocía a ninguna mujer y ésa era mi primera experiencia sexual. Ella me dijo: «Mira, yo voy a perder contigo unos cuantos miles de pesetas». Dimos un paseo. Luego me llevó a cenar a la Torre de Madrid. Lloró conmigo cuando le contaba las cosas de la prisión. Recuerdo que me besaba las manos llorando. Le hablaba de un mundo que ella desconocía. Luego fuimos al hotel. A pesar de mi timidez y de todas mis inhibiciones, esa mujer consiguió con una ternura y una humanidad extraordinarias que yo hiciese el amor por primera vez.

Me despertó por la mañana. Había traído chocolate con churros. Me marché a casa con un nudo en la garganta, sabiendo que esa noche no tendría dinero para volver con ella. Al llegar, descubrí en mi bolsillo las mil pesetas y una nota que decía: «Para que vuelvas esta noche». Estuve todo el día haciendo tiempo, deseando que llegaran las ocho o las nueve de la noche para poder ver de nuevo a esa mujer. Pero, poco a poco, me fue asaltando la idea de que si la veía se iba a romper el encanto de la noche anterior. Esas mil pesetas las había ganado ella, y, si iba a verla con ese dinero, yo iba a tratarla como una prostituta, es decir, que yo iba a prostituirla más. Decidí no ir, pero continuamente sentía la necesidad de volverla a ver. Me decía: «Qué importa. Ella conoce todas las noches a cuatro o cinco o diez hombres. ¡Qué le importará a ella!» Mientras deambulaba, pasé por delante de una floristería y, sin pensarlo demasiado le dije a la mujer: «Mil pesetas de flores». Hicimos un ramo enorme, y lo dejé en el hotel con una tarjeta con su nombre, Isabel Peñalva. No la olvidaré nunca.

En el CISE, en París, estuve hasta que murió Franco. Bueno, en realidad no volví hasta finales del 76, porque yo fui de los últimos a los que proporcionaron el pasaporte. Cuando volví a España, me tuve que ir inmediatamente a Burgos, a encabezar la lista de diputados comunistas en esta provincia, como símbolo de los miles de demócratas que habían dejado su vida en el penal de esta ciudad. No salí elegido, ya que Burgos era muy difícil. Luego, el partido me puso al frente del departamento de Solidaridad Internacional. Se decía: Ayer por España; hoy España por los pueblos. Yo me sentía un hijo de la solidaridad y quería devolver la solidaridad que a mí me habían prestado en la cárcel y en el exilio.

Al comienzo de la guerra, es justo reconocer que en los dos bandos se cometieron actos descontrolados. Cuando las pasiones están desatadas, es comprensible que puedan ocurrir algunas cosas. Es cierto que se quemaron iglesias y que la gente estaba descontrolada. Sin embargo, a partir del año 37, la cosa se controló y esos actos no se produjeron más. Esto no tiene comparación con lo que pasó en el otro bando. Esta gente ganó la guerra y durante cuarenta años mantuvo un ideario gubernamental cuyo objetivo fue exterminar al enemigo. Lo que hicieran durante la guerr

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martes, 6 de noviembre de 2007

MANUEL MULERO GARRIDO Una casita de adobes

Escribe José Antonio Mulero Caldero (su hijo)

MANUEL MULERO GARRIDO.

Una casita de adobes
tenemos que construir.
En ella, tu y yo seremos
una pareja feliz.

Amándonos soñaremos:
el poderla compartir con
hijos que allí tendremos
En ella quiero morir.

Nació en el año 1893, en el pueblo de Burguillos del Cerro, provincia de Badajoz. Rebelde al yugo de siglos, no quería seguir siendo porquero, es decir, pastor de los cerdos del amo, para cuyo destino, junto con el analfabetismo le tenían predestinado. Trabajó en las minas de cobre en Río Tinto y después paso a Francia, de donde regresó para no verse involucrado en la Primera Guerra Mundial.
De vuelta en España, trabaja en las minas de carbón en Barruelo de Santullán, provincia de Palencia. Allí conoció a su esposa (madre de José), se casaron, crearon una familia y construyeron con sus propias manos una casita de adobes. Tuvieron ocho hijos
Manuel entendía de política, salía de la mina cada día y junto a su esposa fabricaban adobe de tierra prensada para levantar la casa. Cuando no, se iba al monte a pastorear sus dos vacas y dos cabras, para con su leche alimentar a su familia. Cuando no, cultivaba patatas en un trozo de tierra alquilada. Solo la tarde del domingo se juntaba con unos amigos a tomar unos vinos y jugar a las cartas.
Su delito fue afiliarse al sindicato UGT, no quedarse en el pueblo al producirse la sublevación, e irse a defender la causa proletaria, participando en batalla contra los franquistas. Luego de la caída de Santander, en cuya defensa luchó fue encarcelado en la cárcel de Palencia y muere un primero de mayo de 1942, sufriendo hambre, frío, malos tratos.
Sufrió un trato de hielo como el poeta pastor de pocas cabras, el poeta pobre Miguel Hernández. Junto sufrieron el rigor de la inhumana censura que tachaba de sus cartas, amorosas frases escritas con el corazón. Su muerte llegó en soledad como la del poeta.

Su hijo José Antonio Mulero Caldero que me autoriza a difundir con gran orgullo por mi parte la vida de su padre, no lo conoció físicamente. Sin embargo, y lo cito “no es difícil para mí seguir sus huellas. Bástame mirar a cualquiera de aquellos adobes de la casa, todavía en pie, o pasear por los senderos que él pisó, y ya siento su presencia, y hasta siento que me transmite su fortaleza, la que siempre utilizaré en honrar su memoria, y la de tantos como él.”

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