Justicia y Memoria. Responsable: Inés García Holgado

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Lugar: Buenos Aires, Argentina

Dedicado a los luchadores en la guerra civil española y en la postguerra en defensa de un mundo mejor, aquellos que defendieron un gobierno legítimamente constituído. A través de estos tres blog difundiré testimonios que forman parte de nuestra memoria histórica, escritos sobre los derechos humanos en la Argentina , en España, en Latinoamericana, experiencias del exilio y sobre todo aquello en lo que pueda ayudar a través de la palabra escrita en pos de luchar contra el silencio y el olvido que se cierne sobre la sociedad española de hoy. autorizaron a su publicación. Inés García Holgado

sábado, 16 de agosto de 2008

HUELVA ARTURO CARRASCO SANCHEZ SALVO DOCUMENTOS POLITICOS DE SU DESTRUCCION

Un funcionario salvó papeles de la quema durante 24 años


T. C. - Madrid

EL PAÍS - España - 16-08-2008
Cuando el Ministerio de Justicia ordenó "purgar" los archivos judiciales en 1960, Arturo Carrasco Sánchez (Los Marines, Huelva, 1934) llevaba menos de un año como auxiliar en el juzgado de Valverde del Camino (Huelva). Le había bastado, sin embargo, para leer muchos de los expedientes de responsabilidades políticas que se conservaban allí. Con aquellos legajos se podría reconstruir la represión franquista en 14 municipios de la comarca minera de Huelva, una zona muy castigada por su activismo sindical y político. Aquellos papeles permitían saber a quiénes se había desposeído de bienes, a quiénes se había enviado a la cárcel, a quiénes se había enviado a la muerte. Arturo Carrasco, hijo de Venancio Carrasco, un concejal republicano encarcelado, decidió desobedecer la orden cuando el juez le encargó que seleccionase los papeles: "El destino era quemarlos o reciclarlos para hacer papel. Sé que podría haber ido a la cárcel, pero quería guardarlos".

Como el mejor escondite es el más evidente, Carrasco los camufló bajo ejemplares del BOE en el mismo archivo del que deberían haber salido. "Tenía que entregarlos a un camión enviado por el ministerio, pero sólo les di los de pleitos civiles y asuntos penales. Los políticos los incluí en la lista como entregados y los escondí". Y allí, en la sede judicial, estuvieron hasta que murió Franco y nació otra época. "A nadie se le ocurrió mirar esas cosas", recordaba el jueves en conversación telefónica desde su casa de Valverde.

El funcionario, que fue concejal en la primera corporación democrática por la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), sacó los legajos de las catacumbas en 1984, cuando su valor histórico se había acrecentado también por su excepcionalidad. Informó al juez y al alcalde, que decidieron depositarlos en la Casa de la Cultura. Ahí siguen. Gracias a ellos, el historiador Francisco Espinosa ha dispuesto de un material extraordinario para saber qué ocurrió en la comarca minera tras el triunfo de Franco. Entre los expedientes no figura el de Venancio Carrasco, que se enfrentó a un Consejo de Guerra en otra localidad. Su hijo se jugó el tipo para conservar los documentos de otros porque en el futuro impedirían falsear la historia.
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sábado, 28 de junio de 2008

EDUARDO DE GUZMAN SU HOMENAJE EN VILLADA PALENCIA

Homenaje en Villada (Palencia) al periodista y escritor Eduardo de Guzmán
Permalink 19.06.08 @ 19:50:20. Archivado en Sobre el autor

Con motivo del comienzo de las fiestas patronales de San Luis Gonzaga, el ayuntamiento de Villada ha realizado un homenaje al periodista y escritor anarcosindicalista Eduardo de Guzmán, nacido en la villa hace cien años y al cual asistieron su viuda Carmen, el editor Manuel Blanco Chivite, el periodista Rafael Cid Estarellas y el escritor palentino Gonzalo Alcalde, autor de la guía turística del municipio.

Todos ellos hicieron una semblanza sobre la vida y obra del homenajeado, recibiendo su viuda al final del acto una insignia de oro con el emblema de la villa.

Eduardo de Guzmán, fue un periodista anarcosindicalista palentino, nacido en Villada en 1908 y fallecido en Madrid en 1991. Durante la República y la Guerra Civil ejerció fundamentalmente de periodista y concretamente, hasta casi el final de la contienda, dirigió en Madrid el diario anarquista “Castilla Libre’, el último periódico editado en la capital, antes de la entrada de las tropas nacionales, el 28 de marzo de 1939. Huyendo de la represión franquista llegó hasta Alicante y allí estuvo en su puerto esperando - junto con otros españoles republicanos - los barcos franceses que les permitiesen salir de España y que nunca llegaron. Fue hecho prisionero y llevado a campos de concentración, juzgado y condenado a muerte, sobreviviendo a la zozobra de estar esperando durante quince meses a que llegase el día de su ejecución en la cárcel de Yeserías. Todo esto lo narra en sus libros y “El día de la Victoria” y “La muerte de la esperanza”. En 1941 le fue conmutada la pena de muerte por la de cadena perpetua, para ser posteriormente amnistiado, aunque no se le permitió (por sentencia) volver a ejercer la profesión de periodista, por lo que tuvo que dedicarse durante esos años, que ahora televisivamente se conocen como “tiempos revueltos”, a escribir, bajo seudónimo, novelas policíacas y del oeste (más de cuatrocientas) para las editoriales Rollán y Bruguera, además de traducciones, guiones de cine y toda una serie de actividades literarias en las que tenía que ocultar su nombre. Empleó varios seudónimos de sugerencia extranjera, siendo los más frecuentes los de Edwar Goodman y Eddy Thorny.

Entre sus obras literarias destaca “Aurora de Sangre: Vida y muerte de Hildegart”, triste y verídica historia de una anarquista que quiere ser madre de un hijo superdotado y para ello se busca el padre ideal y lo encuentra en un cura al que seduce y del que logra quedar embarazada, naciendo de esta relación una niña a la que educa como superdotada, pero no a una mujer feliz, a la que su madre termina dando muerte. Este relato fue llevado al cine - sin demasiada fortuna - por el actor y director Fernando Fernán Gómez (1977), para recrearla como cruel fábula fáustica con el título de “Mi hija Hildegart”.

El homenajeado escritor villadino y palentino Eduardo de Guzmán tuvo también una faceta periodística importante y casi desconocida, pues fue quien mejor describió los sucesos de Casas Viejas (hoy Benalup de Sidonia), ocurridos en esta localidad gaditana en 1933, donde se produjo la despiadada actuación de los guardias de asalto a las ordenes del teniente Rojas y la posterior matanza colectiva de aquellos anarquistas rurales que, de acuerdo con sus doctrinas, se sublevaron contra una sociedad que creían injusta. Lo mismo hizo con la revolución de Asturias de 1934 y sobre todo con la represión subsiguiente. Eduardo de Guzmán era un gran “describidor”, pues en toda su obra literaria “detalla fielmente lo que ve”, haciendo suya aquella frase de Josep Plá, “es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina” . Algo que se aprecia claramente en dos de sus obras: “La segunda república fue así” y “España entre las dictaduras y la democracia”.

Eduardo de Guzmán escribió en periódicos con cabeceras tan sugerentes como “La Tierra” y “La Libertad”. Y el 17 de Julio de 1936, un día antes de la sublevación militar, Eduardo estaba en la redacción de “La Libertad” junto con su director Eduardo Haro, padre del que posteriormente sería conocido periodista y columnista Eduardo Haro Tecglen, también de alguna manera ligados por orígenes a Palencia, concretamente a Frómista.

Eduardo de Guzmán fue galardonado con el Premio Internacional de Prensa por el libro “El año de la Victoria” concedido en París al libro político más interesante publicado en 1974, y en 1982 con el premio Libertad de Expresión, en la capital del Turia, Valencia.

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viernes, 18 de abril de 2008

MARCOS ANA SALMANTINO

Testimonios de los protagonistas
Testimonios / Marcos Ana

El Mundo | 18 jul 06

Fernando Macarro procede de una familia muy humilde y profundamente católica. Con quince años se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y abandonó la religión. En julio de 1936 marchó al frente, pero le devolvieron a casa por ser menor de edad. Se incorporó finalmente en 1938 llegando a ser comisario político del partido comunista. Al acabar la guerra fue encarcelado y torturado. Se le juzgó en dos ocasiones y las dos salió con condena de muerte. Cumplió casi 23 años de prisión. En la cárcel comenzó a escribir poemas firmando como Marcos Ana. Fue indultado en 1961. Ya libre, marchó a Francia y se dedicó a viajar por todo el mundo convertido en un símbolo de la solidaridad internacional y de la lucha antifranquista.


Tengo la friolera de 82 años, aunque, como digo siempre, esos son años de edad. De vida tengo 59, que son los que quedan al restar los 23 que pasé en la cárcel. Entré con 19 años en mayo del año 1939 y salí en el año 1962 con 42. Soy la persona que más tiempo seguido ha pasado en las cárceles franquistas.

Yo procedo de una familia muy humilde. Mis padres eran campesinos sin tierra y analfabetos. Cuando tenía seis años, nos trasladamos a Madrid y nos afincamos en Alcalá de Henares. Allí viví mi adolescencia y mi juventud hasta que comenzó la guerra. No pude ir al colegio, ya que mi familia no tenía recursos y enseguida me tuve que poner a trabajar. O sea, que yo estudié prácticamente las cuatro reglas, como se decía entonces. Mis padres no pertenecían a ningún partido. Eran profundamente católicos. Eran tan sumisos que cuando pasaba el amo hacían la señal de la cruz, como si se tratara de un representante de Dios en la tierra. Por ese motivo yo en mi infancia era católico y, en mi adolescencia, más de una vez me sangraron las rodillas de hacer penitencia en las iglesias. Un día, sería el año 35, con quince años, asistí con un grupo de jóvenes católicos a un mitin de las Juventudes Socialistas en Alcalá para repartir nuestra propaganda. Me quedé escuchando lo que decía el orador y me di cuenta de que aquel hombre estaba hablando de mí, de mi casa y de mis problemas. Me empecé a interesar por lo que aquella gente decía. Pasé por un proceso de transición muy difícil. En esta época, a lo mejor durante el día estaba vendiendo los periódicos de las Juventudes Socialistas pero después no me acostaba sin hacer mis oraciones. Acabé afiliándome y, durante la guerra, me pasé al Partido Comunista. Todavía continúo defendiendo las mismas ideas. Hemos cometido muchos errores, sin embargo mi corazón sigue en el mismo sitio.

Al empezar la guerra, la JSU formamos un batallón al que llamamos batallón Libertad. Yo, con 16 años, era la mascota. Fuimos a la zona de Peguerinos, en la sierra de Madrid. A los pocos meses el ejército se regularizó, y a los menores nos enviaron a casa. Entonces me dediqué al trabajo político en Alcalá. Fui secretario general de esa comarca hasta el año 38. Ese año, los jóvenes tuvimos la idea de movilizar a los menores de edad. Organizamos dos divisiones de lo que se llamó Voluntarios de la Juventud. De vez en cuando aparecía el padre de algún chico y se lo llevaba de allí a caponazos. Era increíble, ¡chicos de 15 y 16 años movilizados! Cuando cumplí los 18 años me incorporé al ejército. Fui comisario político en una unidad. Después fui instructor de la juventud en el Ejército del centro hasta el final de la guerra. Se corrió la voz de que quienes tuviéramos responsabilidades políticas debíamos concentrarnos en el puerto de Alicante, porque nos iban a sacar de España. Nos concentramos a miles, pero nuestros barcos nunca llegaron. Los que llegaron fueron los de Franco. Y la División Littorio, que llegó por tierra. Nos atraparon a todos. Me llevaron al campo de prisioneros de los Almendros y, a los pocos días, me trasladaron al de Albatera, de donde me escapé, lo que resultó relativamente fácil ya que había muchísima gente. Conseguí llegar a Madrid y me escondí en casa de un amigo. A los pocos días un confidente me entregó a la policía. Me cogieron por ingenuo y por impaciente. En pleno año 39 estaba tratando de organizar la resistencia, contactando con los amigos. Uno de los que llamé se había hecho confidente y me denunció.

Me llevaron a la cárcel de Porlier, un antiguo colegio. Muchas veces me paseo por ahí y veo un espectáculo que me recuerda a nuestra época. Las madres van a buscar a sus hijos y eso me recuerda a cuando nuestras familias iban a recoger nuestros paquetes o a llevarnos los suyos. También iban a buscar los cuerpos de los que habían sido fusilados. Muchas veces las madres llegaban con el paquete y se tenían que volver. «No, señora, su hijo ha sido fusilado». Yo estaba condenado a muerte, lo habitual en esos días. Hasta tal punto, que cuando la gente iba al consejo de guerra al volver estábamos todos esperándoles para saber que condena traían. A lo mejor venían con los ojos llenos de lágrimas: «¡Treinta años! ¡Treinta años!». Y te abrazaban, porque traer treinta años de condena era una suerte, era evitar el fusilamiento.

Desde el principio empezamos a montar una organización clandestina en la prisión. Una organización muy cerrada y muy opaca. Cada miembro conocía sólo a dos compañeros, el que te pasaba las cosas y al que tú se las pasabas. En el año 43 creamos un periódico al que llamamos 'Juventud', destinado a mantener el ánimo de los presos y a mantenerlos informados. Estaba primorosamente hecho, incluso llevaba dibujos. Un día sorprendieron a un chico leyéndolo. El chico confesó y yo entonces decidí entregarme para evitar que cayera más gente. Estuve casi un mes en la Dirección General de Seguridad, donde me torturaron cruelmente. Me machacaron vivo, pero no delaté a nadie. La tortura es una pelea extremadamente difícil. Llega un momento en que temes por tu razón. El problema es que mientras tú estás bien, aunque te machaquen, si tienes moral, lo soportas. Lo malo es que pasa el tiempo y empiezas a temer, Por qué dices: «¿Pero hasta dónde voy a controlar mi cabeza?» Mi fortaleza era imaginarme mi vuelta a prisión. A mí, en la prisión, todo el mundo me quería. Me llamaban el chaval porque era de los más jóvenes, y todos me conocían. Yo pensaba: «Si vuelvo sin haber entregado nada, después de haber salvado la situación y habiendo resistido, ¡joé!, la gente me va a comer a abrazos. Pero ¿y si vuelvo después de haber hablado? No me voy a atrever a mirar a nadie a la cara, seré como un pelele, siempre solo en un rincón del patio» Eso era lo que me daba fuerza. Después de estas torturas, me condenaron por segunda vez a muerte. Cuando las penas de muerte se conmutaron por treinta años, a mí me cayeron sesenta.

Un día, cuando me encontraba en la Dirección General de Seguridad tirado en la celda, lleno de sangre y hecho un guiñapo, de repente sentí que me lanzaban un papel por el ventanuco. A rastras, como pude, cogí el papel. Era un retrato de Lenin, que alguien había arrancado de algún libro. Nunca supe quién me lo mandó. Lo cierto es que, para mí, desde ese momento, fue como si yo ya no estuviera solo. Como si alguien estuviera vigilando y controlando mi situación y mi comportamiento. Tenía el retrato enterrado bajo la arenilla del suelo de mi celda. Cuando bajaba, lo desenterraba y hablaba con él: «Mira, camarada, cómo me han puesto, pero no temas, que yo tendré fuerza suficiente para defender al partido». Un día, estando en el calabozo, oí unos gemidos y me asomé por el ventanuco de mi puerta. Vi que traían en brazos a un preso al que habían torturado. Me di cuenta de que aquel hombre estaba entregado. Que ya había confesado algo y que estaba vencido. Yo, que era todavía un niño, tenía 21 o 22 años, desenterré el retrato de Lenin y le dije: «Tú sabes que por nada del mundo me desprendería de ti, pero te necesitan en la celda número 27». Cuando me sacaron al servicio, pasé delante de su celda y le tiré la foto. Parecerá un milagro, pero al día siguiente, cuando oí que venía este preso, me asomé y observé que venía andando por su pie y en su mirada había una luz tensa y distinta a la del día anterior. Aquel hombre se había rehecho. Recibir la fotografía lo resucitó. Años después, en la cárcel de Ocaña, oí a un hombre contar la historia. Entonces me di a conocer. «¡Yo soy el que te pasé la foto!» Me confirmó que ya había denunciado a alguien y que, cuando se encontró con el retrato, se golpeaba contra la pared, desesperado. Muchos años después, en Moscú, visitando el museo de Lenin, Yeltsin me enseñó el papel en el que yo escribí esta historia junto a la famosa fotografía de Lenin con un pionero en la Plaza Roja. Se lo enseñaban a todos los españoles.

En la prisión, en un primer momento, lo único importante era sobrevivir, hasta el punto de que en Porlier, al poco tiempo de entrar, no quedaba ni un hierbajo en el suelo. Las hierbas del patio las cogíamos, las metíamos en agua a hervir y nos las comíamos como podíamos. Muchas mañanas te encontrabas con que, no sólo faltaban los compañeros que habían fusilado, sino que también muchos aparecían muertos a tu lado, de hambre o de frío. La situación cambió coincidiendo con el fin de la Guerra Mundial. Nuestras familias se habían rehecho y nos podían ayudar. Europa pudo volver sus ojos a España y se empezaron a organizar comités de amnistía, socorro popular... Y comenzó a llegar algo de esta solidaridad, que nos ayudó a sobrevivir.

En esa época empezamos a estar más tranquilos y más alimentados y gracias a eso empezamos a organizarnos mejor. Éramos como un estado dentro de otro estado. Montamos clases clandestinas. Teníamos cientos de libros escondidos. Era muy fácil introducir libros en la cárcel. Lo difícil era mantenerlos ocultos. Lo que hacíamos era coger de entre los libros de la biblioteca de la cárcel, casi todos religiosos, el libro más parecido al que queríamos camuflar. Desencuadernábamos los dos libros, cogíamos las tapas del libro legal con las cien primeras páginas, que era donde aparecían el sello de la cárcel y las firmas del director y del capellán e íbamos intercalando cien páginas de nuestro libro y cien del otro y así sucesivamente. Como teníamos buenos artesanos, componíamos de nuevo el libro que, por fuera, era La historia de Santa Genoveva y, por dentro, El capital. Teníamos de todo, y todo clandestino. Había una escuela de pintura e incluso organicé una tertulia literaria en los últimos tiempos. También hacíamos una revista, que sacábamos de la cárcel y que se reproducía y se difundía fuera.

La cárcel fue mi universidad. Conocí a mucha gente. Coincidí con Buero Vallejo y con Miguel Hernández entre otros muchos. Miguel Hernández era una persona entrañable, murió de franquismo en la prisión de Alicante en el año 42. Unos años después le hicimos uno de nuestros homenajes: Esperábamos a la noche, a que cerraran las galerías. Entonces montábamos un pequeño escenario con mantas y sábanas. En las ventanas algunos presos se dedicaban de la vigilancia y así, en el silencio terrible de la cárcel, hacíamos los homenajes. El de Miguel Hernández lo titulamos Sino sangriento, que es el nombre de uno de sus versos. Tenía tres actos, con los nombres de tres de sus libros: El rayo que no cesa, Vientos del pueblo, que trata de la guerra y Cancionero y romancero de ausencias, que era el de la cárcel. Unos narradores relataban los hechos y una pequeña banda de música se colocaba detrás del escenario con sus instrumentos realizados con los palos de las escobas y con cosas así. Era muy ingenioso: se cortaba un trozo de escoba de caña. Unas gomas sujetaban un papel de fumar en cada punta y se le abrían unos orificios. Sólo con eso salía una música preciosa, que era como un zumbido, pero muy bonito. Una cosa tremenda. Esa bandita, compuesta por cuatro o cinco personas, iba poniendo música a determinados pasajes. Cuando los locutores contaban la parte de la guerra de España y de los soviéticos se oía La Internacional. Con los franceses y André Martí... se oía La Marsellesa. Los mexicanos con Siqueiros y tal... Se oía La Cucaracha. Todo a media voz. Se titulaba Homenaje a voz ahogada a Miguel Hernández. Fue algo impresionante, en medio del silencio de la prisión. De vez en cuando, oías el «alerta» de los centinelas desde las garitas. Toda la noche: «¡Alerta el uno!, ¡Alerta el dos!, ¡Alerta el tres!» Eso se hacía para que el cabo de guardia supiera que no se había dormido ninguno de los centinelas. Hicimos otros homenajes a Rafael Alberti y Neruda. Creo que jamás se podrá concebir un homenaje más emocionante que éste.

Ésta fue mi escuela y la de mucha gente, y así pasé los años de prisión. Hoy miro aquello casi con nostalgia, «¡Joder, aquélla fue una de las épocas más hermosas de mi vida!» Sabías que el futuro te pertenecía, aunque estuvieras sufriendo y te pudieran llenar la cabeza de plomo, aunque te tocara caer, pero nos parecía que el futuro era nuestro. Se vivía con esperanza. El talón de Aquiles del preso era la familia. Si veías a alguno triste, preocupado, andando solo por el patio, es que su familia tenía algún problema.

Empecé a escribir en la década de los cincuenta. Todo empezó porque me sacaron de la galería y me llevaron castigado a celdas. Allí estaba aislado. Los funcionarios te sacaban el petate por la mañana y no te lo devolvían hasta la noche para que fuera imposible tumbarse durante el día. Entonces los compañeros, los destinos, que eran quienes barrían y hacían la limpieza, se encargaban de introducir comida o lo que fuera en el petate antes de devolvértelo. Una de las veces me metieron unas hojas arrancadas de libros de Rafael Alberti y de Neruda. Las manoseaban antes para que el sonido del papel dentro del colchón fuera imperceptible, porque los guardias a veces lo inspeccionaban para ver si notaban algo raro. Releí aquellas hojas más de mil veces, y eso me creó un clima un poco particular, que hizo que empezara a escribir con un pequeño lapicero que me habían pasado. Cuando salí de celdas me animaron a continuar diciéndome que lo que había escrito estaba muy bien. Lo sacamos al exterior, como el náufrago que lanza un mensaje al mar en una botella sin saber si va a llegar a algún destino. No le di más importancia. Tiempo después, llegó un paquete de México, en el que nos mandaban revistas y otras cosas que nuestras familias nos pasaban clandestinamente. Entre todas esas cosas, venía un librito mío, con ocho o diez poemas. Aquello me hizo pensar que esta era una forma más de ayudar a que la gente comprendiera nuestra situación. Entonces pensé que debía adoptar un nombre para firmar mis cosas. Pensando en mis padres me puse Marcos Ana. A mi padre lo habían matado en la guerra y mi madre murió, la pobre, cuando me condenaron por segunda vez a muerte. Anduvo deambulando por la puerta del penal de Burgos intentando verme. No lo consiguió. La encontraron muerta en una zanja. Poco a poco empecé a contactar con los poetas en el exilio. María Teresa León y Rafael Alberti, se valieron de que Paco Rabal pasaba por Buenos Aires y le dieron una pequeña nota, que me pasaron dentro de un tubo de pasta, que decía: «Cuéntanos algo de tu vida». Entonces les compuse un pequeño poema:

Mi vida
os la puedo contar en dos palabras:
Un patio
y un trocito de cielo donde a veces pasan
una nube perdida y algún pájaro
huyendo de sus alas.

A partir de aquel poema, que titulé Mi corazón es patio, empecé a ser conocido fuera de las cárceles. En el extranjero la campaña en mi defensa fue muy fuerte. Entonces el Gobierno promulgó un decreto, según el cual las personas que llevaran más de veinte años ininterrumpidos en prisión serían excarceladas. Fue una cosa insólita, ya que fui el único al que le afectó. Normalmente, nadie estaba en prisión más de veinte años o, como mínimo, se entraba y se salía cumpliendo la condena en dos o tres veces. Pero yo estaba condenado a sesenta años y fui el único que salí de la cárcel gracias a ese decreto.

Cuando conseguí la libertad a finales de 1961, salí en los periódicos de todo el mundo. Fraga, que entonces estaba en el Ministerio de Información y Turismo, reaccionó con un folleto que se titulaba: Marcos Ana, asesino, en el que me atribuían todo lo que había pasado en Alcalá de Henares durante la guerra. Si eso hubiera sido cierto, me hubieran fusilado muchos años atrás. De todas maneras, sólo puedo agradecérselo, porque eso me dio todavía más publicidad.

Sabía que el aparato clandestino francés iba a venir a buscarme. Estuve unos días en Madrid, en casa de mi hermano, hasta que vino a buscarme un matrimonio francés. Querían que me aprendiese de memoria mi nombre en francés, pero yo ni me aprendía mi nombre ni nada. Entonces, la mujer me puso una bufanda, me tapó un poco y salimos. El coche era de una marca importante y el hombre iba ataviado con gorra y uniforme de chofer. La mujer se sentó detrás conmigo y, cuando llegamos a Irún, le dijo al guardia: «Por favor, dése prisa porque mi marido está enfermo». Y así, con pasaporte falso, pasamos la aduana. Cuando llegué, lo primero que hice fue organizar el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE) presidido por Picasso, pero dirigido por mí. Había muchísima gente: Yves Montand, Piccoli, Jean
Paul Sartre, Jean Cassou... Desde allí empecé a organizar las campañas de solidaridad internacional. He viajado por casi todo el mundo. Mi vida ha sido muy intensa y apasionante. Me ocurrieron cosas muy graciosas. Siempre he parecido mucho más joven de lo que soy. Salí de la cárcel con 41 años, pero sin embargo parecía que tenía veintitantos. En una ocasión, había ido a Inglaterra para pronunciar una conferencia en el parlamento. Me acompañaba un intérprete, que era un ex brigadista, profesor de español que tenía lesiones de guerra y estaba cojo, e iba con un bastón. Tendría 45 años, pero estaba muy envejecido. Cuando nos hicieron pasar, yo, como siempre he sido nervioso, entré deprisa, subiendo la escalera a gran velocidad. Me extraño que nadie se moviera cuando aparecí en el escenario. Cuando, unos segundos después, entró el intérprete con su bastón, cojeando, todo el mundo se puso en pie, aplaudiendo. Para un inglés era inconcebible que yo, que parecía un jugador de rugby, hubiera estado 23 años en la cárcel, torturado y condenado a muerte, tenía que ser el otro, que iba con su bastoncito.

Estas conferencias nos permitieron dar a conocer nuestra lucha. Solían preguntarme qué había sido lo más difícil. Lo más difícil para mí, después de tantos años de prisión, fue la libertad. Yo en la cárcel sabía vivir. Era como un pedazo más de aquellas piedras. Lo difícil fue salir a los 41 años, después de 23 encarcelado. Fue como si me hubieran abandonado en un planeta extraño. Para mí fue una cosa tremenda: la adaptación a la vida, a la libertad... Fue lo más difícil. Al principio, vomitaba los alimentos, no podía subir a los vehículos, incluso los ojos se me enrojecieron, puesto que el nervio óptico, en la prisión, se va retrayendo. Como se tienen paredes o muros delante en todo momento, se acostumbra a enfocar siempre cerca, y va perdiendo facultades. Si estaba en una habitación o en una calle donde hubiera edificios altos, la vista se protegía y estaba tranquilo. Pero cuando salía al campo me mareaba, como si me hubieran puesto unas gafas que no eran mías. Fue un tiempo difícil, porque no conocía y no entendía muchas cosas del mundo al que había salido. Tenía conciencia de que era un ser adulto, pero, al mismo tiempo, tenía la candidez y la inexperiencia de un adolescente. Por ejemplo, nunca había estado con una mujer. Cuando salí en libertad, uno de mis amigos vio que me quedaba atontado mirando a las mujeres por la calle. Salimos una noche juntos a un cabaret y él pensó que lo que más ilusión me haría sería irme con una mujer. De modo que cogió a una chica, le dio mil pesetas y le dijo: «Toma, para que te vayas con mi amigo». Cuando me quedé a solas con esa chica, yo quería que me tragara la tierra, porque no sabía cómo comportarme. Ella se creía que estaba borracho y cuando intentó devolverme el dinero, tartamudeando, le conté lo que me sucedía. Que había pasado 23 años en la cárcel, no conocía a ninguna mujer y ésa era mi primera experiencia sexual. Ella me dijo: «Mira, yo voy a perder contigo unos cuantos miles de pesetas». Dimos un paseo. Luego me llevó a cenar a la Torre de Madrid. Lloró conmigo cuando le contaba las cosas de la prisión. Recuerdo que me besaba las manos llorando. Le hablaba de un mundo que ella desconocía. Luego fuimos al hotel. A pesar de mi timidez y de todas mis inhibiciones, esa mujer consiguió con una ternura y una humanidad extraordinarias que yo hiciese el amor por primera vez.

Me despertó por la mañana. Había traído chocolate con churros. Me marché a casa con un nudo en la garganta, sabiendo que esa noche no tendría dinero para volver con ella. Al llegar, descubrí en mi bolsillo las mil pesetas y una nota que decía: «Para que vuelvas esta noche». Estuve todo el día haciendo tiempo, deseando que llegaran las ocho o las nueve de la noche para poder ver de nuevo a esa mujer. Pero, poco a poco, me fue asaltando la idea de que si la veía se iba a romper el encanto de la noche anterior. Esas mil pesetas las había ganado ella, y, si iba a verla con ese dinero, yo iba a tratarla como una prostituta, es decir, que yo iba a prostituirla más. Decidí no ir, pero continuamente sentía la necesidad de volverla a ver. Me decía: «Qué importa. Ella conoce todas las noches a cuatro o cinco o diez hombres. ¡Qué le importará a ella!» Mientras deambulaba, pasé por delante de una floristería y, sin pensarlo demasiado le dije a la mujer: «Mil pesetas de flores». Hicimos un ramo enorme, y lo dejé en el hotel con una tarjeta con su nombre, Isabel Peñalva. No la olvidaré nunca.

En el CISE, en París, estuve hasta que murió Franco. Bueno, en realidad no volví hasta finales del 76, porque yo fui de los últimos a los que proporcionaron el pasaporte. Cuando volví a España, me tuve que ir inmediatamente a Burgos, a encabezar la lista de diputados comunistas en esta provincia, como símbolo de los miles de demócratas que habían dejado su vida en el penal de esta ciudad. No salí elegido, ya que Burgos era muy difícil. Luego, el partido me puso al frente del departamento de Solidaridad Internacional. Se decía: Ayer por España; hoy España por los pueblos. Yo me sentía un hijo de la solidaridad y quería devolver la solidaridad que a mí me habían prestado en la cárcel y en el exilio.

Al comienzo de la guerra, es justo reconocer que en los dos bandos se cometieron actos descontrolados. Cuando las pasiones están desatadas, es comprensible que puedan ocurrir algunas cosas. Es cierto que se quemaron iglesias y que la gente estaba descontrolada. Sin embargo, a partir del año 37, la cosa se controló y esos actos no se produjeron más. Esto no tiene comparación con lo que pasó en el otro bando. Esta gente ganó la guerra y durante cuarenta años mantuvo un ideario gubernamental cuyo objetivo fue exterminar al enemigo. Lo que hicieran durante la guerr

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domingo, 13 de abril de 2008

El ZAPATITO DE LANA Manuel Carrasco i Formiguera

EL ZAPATITO DE LANA
http://www.elpais. com/ HILARI RAGUER 09/04/2008

El 9 de abril de 1938, hoy hace 70 años, fue fusilado en Burgos Manuel Carrasco i Formiguera. Se habían interesado por él Pío XI, Pacelli, Gomá, Antoniutti y otras muchas altas personalidades católicas. Como llevaba ya más de un año detenido, parecía que no peligraba su vida, y sorprendió a todos la repentina decisión de Franco de ejecutarlo. Probablemente fue una airada réplica a la condena pública del Vaticano por los terribles bombardeos de Barcelona el 16, 17 y 18 de marzo, que L'Osservatore romano calificó de matanzas inútiles, carentes de justificación militar

La tragedia personal de Carrasco es bastante conocida. No lo es tanto la de su familia. Denunciado primero por un separatista como católico notorio y amenazado después por los anarquistas, Companys y Tarradellas, impotentes para garantizar su seguridad, lo enviaron a Euskadi como representante de la Generalitat. Se dirigía de Bayona hacia Bilbao con su esposa Pilar y seis de sus ocho hijos (Núria, Mercè, Raimon, Josep y Neus, de 20, 19, 13, 11 y 9 años, respectivamente, más la pequeña Rosa Maria, de siete meses, con la nodriza) cuando el barco vasco en el que viajaban fue apresado por el Canarias.

La familia fue dispersada en cuatro cárceles distintas. Manuel fue internado en la cárcel provincial de Burgos, que ya le había tocado conocer durante la Dictadura. Raimon, Josep y Neus fueron internados en el Asilo de San José de San Sebastián, donde estaban retenidos como rehenes muchas mujeres y niños. El primer domingo querían comulgar en la misa, como hacían todos siempre con sus padres, pero por mucho tiempo no se lo permitieron porque eran rojos y antes tenían que confesarse. Se confesaron, y el cura les puso por penitencia rezar un padrenuestro por la conversión de su padre. Núria y Mercè fueron a parar a una villa de Pasajes convertida en cárcel de mujeres, a cargo de unas religiosas que las trataban de rojas y las explotaban obligándolas a lavarles la ropa. Su madre, Pilar, con la pequeña Rosa Maria y la nodriza fueron conducidas a la cárcel de mujeres de Burgos, sospechosas las tres del delito de rebelión militar. Ambos esposos pronto pudieron escribirse, pero pasaron cuatro terribles semanas sin tener noticias de los otros cinco hijos. Manuel escribió al decano del Colegio de Abogados de Burgos, como compañero, solicitando protección jurídica no para él, sino para su familia, pero nunca recibió respuesta.

Pasaron así casi cuatro meses. A fines de junio, a la una de la madrugada, comunicaron a la señora Carrasco que ella continuaba presa, pero la pequeña y la nodriza quedaban en libertad y tenían que irse. Doña Pilar, sin dinero porque se lo habían quitado todo, suplicaba desesperadamente que esperaran que se hiciera de día y pudiera dar a la nodriza, una gallega buena pero muy simple, instrucciones y algún recurso, pero le contestaron que tenían que irse inmediatamente.

Estaban allí, encarceladas por ser socialistas, dos jóvenes que presenciaron la escena y, compadecidas, dieron a la nodriza la dirección de unos tíos suyos que vivían muy cerca de la cárcel de mujeres, para que al menos pudieran pasar allí aquella noche. Era una familia modesta. El marido, Hidalgo de apellido y de obra, trabajaba de camarero en el Círculo Mercantil y ganaba siete pesetas al día. A aquel hogar burgalés llegó de madrugada la nodriza, con Rosa Maria en brazos, llamó a la puerta y cuando la señora Feli Ramos le abrió le expuso la situación. Inmediatamente las recibió y acomodó no sólo aquella noche, sino todo el tiempo que hizo falta, hasta que dos meses más tarde, por mediación de la Cruz Roja Internacional, la esposa e hijos de Carrasco i Formiguera fueron canjeados por la familia del general López Pinto, que con Varela había encabezado el alzamiento en Cádiz y entonces mandaba la División Orgánica (antigua Capitanía General) de Burgos, elocuente indicio de la importancia política que Franco daba a Carrasco. La nodriza se fue a su tierra, pero Rosa Maria siguió en aquella casa como una hija. Por si fuera poco, la señora Feli socorrió a Pilar hasta el canje, y visitaba a Manuel y se ocupaba de su comida y ropa. Las visitas de los presos se hacían en condiciones inhumanas: breves, en grupos que gritaban para oírse y separados por una doble reja o tela metálica. Feli llevó una vez a la pequeña Rosa Maria para que la viera su padre, pero Manuel, que era muy emotivo, quería abrazarla, y al no permitírselo los guardias sufrió un grave ataque de corazón.

El 16 de agosto de 1937 Pilar y los seis hijos fueron a despedirse de Manuel, antes de ser conducidos a Gibraltar, donde se efectuaría el canje. Esta vez el director de la cárcel les dejó su despacho para despedirse. El último abrazo de Carrasco fue para la pequeña, y le quitó el zapatito de lana de un pie para guardarlo como recuerdo. Cuando a las siete de la mañana del 9 de abril de 1938, hace hoy 70 años, caminaba Manuel hacia el lugar del fusilamiento, llevaba en una mano el crucifijo que le había facilitado su amigo y confesor, el P. Ignacio Romañá, y en la otra el zapatito de lana, y los iba besando alternativamente. Llegado al sitio indicado, entregó el zapatito al P. Romañá y apretó el crucifijo. No dejó que le vendaran los ojos, sino que mirando de frente a todos los presentes dijo con voz muy entera: "Lo que ha sido el lema de toda mi vida y que llevo en el corazón, quiero que sea mi grito en este trascendental momento: Visca Catalunya lliure!". Todavía pudo besar el crucifijo y decir: "¡Jesús, Jesús!", y estalló la descarga.

El fusilamiento de Carrasco i Formiguera desencadenó una oleada internacional de protestas. Monseñor Antoniutti, entonces encargado de Negocios ante el Gobierno de Burgos y más tarde nuncio, muy franquista, escribió en sus memorias, a propósito de sus gestiones humanitarias: "Recuerdo un hecho que tuvo amplia resonancia. Había sido capturado el conocido católico Carrasco Hormiguera, embajador de Cataluña ante el gobierno vasco [sic]. Después de un periodo de detención en la cárcel de Burgos fue condenado a muerte. El padre Romañá, jesuita, lo asistió e informó después que Carrasco había demostrado una gran fuerza de ánimo afrontando la ejecución capital con serenidad de espíritu después de haber recibido los auxilios religiosos. Se esperaba hasta el último momento que se suspendiera la ejecución de la sentencia. Sin embargo, la autoridad militar juzgó que se debía cumplir, y el ministro de Asuntos Exteriores, general conde de Jordana, se lamentó conmigo del hecho, que habría de tener desagradables resonancias". Tratando de refutar las protestas, el dominico Antonio Carrión escribió en un boletín de propaganda religiosa franquista: "Carrasco Formiguera murió, gustoso lo consigno, como buen católico, mas gritando '¡Viva Cataluña libre!', con lo que vino a confirmar que la sentencia estaba bien fundada en derecho".

Rosa Maria Carrasco i Azemar no conoció a su padre. Sólo sabe de él lo que le han contado. También le contaron lo que por ella había hecho doña Feli Ramos. Pasaron más de 20 años y fue a Burgos a conocerla. Llamó a la puerta y, como en aquella madrugada de 1937, abrió la señora Feli y apenas la vio exclamó: "¡Tú eres la hija de Manuel!". El zapatito de lana se conserva entre los objetos personales de Carrasco i Formiguera custodiados amorosamente por su nieto, Manuel Martí i Carrasco.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.

HILARI RAGUER 09/04/2008

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jueves, 10 de abril de 2008

MANZANETE LUIS , CABEZAS MADRIGAL, Topos y huídos ceutíes

www.faroceutaymelilla.es Escrito por Francisco Sánchez Montoya (Papeles de la Historia)
jueves, 10 de abril de 2008

Luis Manzanete, escondido un año en el monte
Cuando Luis Manzanete Flores, de 34 años, se encontraba junto a otros militantes de izquierda, en el Paseo del Rebellin, en la tarde-noche del 17 de julio de 1936 y vio como salían tropas del cuartel de Sanidad (hoy Manzana del Rebellin) comprendió que la sublevación militar estaba en marcha, y que el seria uno de los primeros en ser detenido dada su destacada militancia política. No se lo pensó y se marchó a casa de su hermana Amanda, que vivía en la zona del Recinto, se quitó el traje que llevaba, se puso un pantalón oscuro, una americana vieja, unas alpargatas y una boina. Tras este cambio de indumentaria, para no llamar la atención, se marchó al campo comunicándole a su hermana que no se preocupara de él que en unos días volvería, “cuando todo haya pasado”... pero no volvió hasta un año después.
Intentó en varias ocasiones marcharse a Tánger, pero al llegar a la zona de la Almadraba siempre se encontraba con algunas patrullas. Durante todo ese año estuvo viviendo en un vivero que había en la zona del Tarajal. Mientras tuvo dinero, cuando oscurecía, subía a los Barrios de la Unión o San José y compraba artículos para comer. Al agotársele el dinero, unas veces comía de las huertas que había por aquella zona y otras se hacia pasar por mendigo y pedía. Los meses de invierno, al tener que dormir en el campo se tapaba con rastrojos y ramas, con la esperanza puesta en huir de Ceuta.
El 30 de julio de 1937, volvió a casa de su hermana Amanda, para descansar unas horas y aprovisionarse de ropas y comida y volver al campo como un “topo”. Pero, al día siguiente, como habían hecho en muchas ocasiones se presentó una patrulla. Le preguntaron a su hermana, esta les dijo que se había marchado a Tánger hacía ya muchos meses. La patrulla no le cree y tras un exhaustivo registro lo encuentran en una pequeña habitación de la azotea donde estaba oculto, casi sin fuerzas, la policía en su informe indicó: "presenta un aspecto desfigurado". Cuando estaba siendo bajado por la escalera esposado, su vecina Dolores Ríos, recriminó su detención a la patrulla, diciendo que era un buen hombre, honrado y trabajador… La policía la detiene también, y le instruyen un consejo de guerra por “desacatado”, fué condenada a doce años de prisión. A Luis Manzanete Flores, le realizan otro consejo de guerra y en escasos treinta días, el 27 de agosto de 1937, sería fusilado en la Fortaleza del Monte Hacho.
Otro testimonio de aquellos “topos y huidos”” ceutíes fue la del funcionario municipal Bernardo Cabezas Madrigal: "El 16 de febrero de 1936, fui apoderado de una urna del patio Centenero, después, el 26 ingrese en el Ayuntamiento, en obras, donde permanecí hasta el golpe de Estado militar, abandoné el 18 de julio y el día 20 viendo que las directivas de los partidos estaban ya detenidas inclusive el alcalde Sánchez-Prado, me fui para el campo, a los montes junto a la Mezquita, días después me marché para Tánger, donde fui cogido en la cábila del Biut a las once de la noche y me llevaron detenido hasta la aduana de Castillejos, donde dije que había ido a ver si había trabajo como carbonero. Me soltaron y me escondí en una cueva del Foso San Felipe a 300 metros de profundidad. Un día salí de madrugada y un compañero que tenía una casa en el Foso, me dijo que habían dado el chivatazo de que en la cueva había gente escondida, efectivamente a los pocos días, aparecieron tres falangistas a registrarla. Vendí tres trajes que tenia y me fui otra vez para Tánger el día 22 de septiembre de 1.936, al llegar a las malezas de arroyo a la derecha del Zoco, me tiraron ocho tiros y me tuve que volver, serian las tres de la mañana y me volví a Ceuta, y nuevamente me metí en la cueva". El 18 de noviembre de 1936 fue detenido y llevado a los calabozos de la comisaría en la Plaza de los Reyes, al día siguiente, según indica un informe, a las cinco de la madrugada, se lo encuentran ahorcado en su celda.

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domingo, 30 de marzo de 2008

ANDRES INIESTA LOPEZ "Tuve que decirle a mi padre que intentara suicidarse"


JUAN CRUZ - Madrid

EL PAÍS - Cultura - 25-05-2006
Cuando acabó la Guerra Civil lo metieron en la cárcel, un monasterio, y en seguida le dijeron que estaba condenado a muerte. Se llama Andrés Iniesta López, ahora tiene 84 años. Su delito, ser el hijo del alcalde socialista de Uclés, en Cuenca. Fusilaron a su padre, a quien capturaron el 28 de marzo de 1939; su madre murió, atosigada por los vencedores, unos meses después, y él vivió cada jornada en la prisión, en el monasterio de Uclés, sometido a la brutalidad indiscriminada de sus carceleros. Uno le dijo: "Angelico de mi alma, qué joven vas a morir". Trabajó como penado en el Valle de los Caídos, y cuando ya fue excarcelado recibió la orden de incorporarse a los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores Penados que la España de Franco tuvo en sus territorios africanos. En 1947 volvió a Madrid, pero sólo tuvo la libertad definitiva en 1958. Estimulado por el periodista Gilles Gasser, que preparaba en 2003 un documental sobre el Valle de los Caídos, convirtió en libro las notas sobre su vida, que había empezado a escribir cuando los socialistas -como su padre, él es "socialista hasta la muerte"- llegaron al poder, en 1982. Ese libro es El niño de la prisión, que acaba de publicar Siddharth Mehta Ediciones, con prólogo de Juan Luis Cebrián. El niño de la prisión, como le llamaban en prisión. Hablamos con él en la residencia donde vive, cerca de Madrid.

Pregunta. ¿Qué es lo que más duele de todo lo que pasó?

Respuesta. Todo. Pero hubo algunas cosas que fueron más graves. Murió mi madre, en septiembre de 1939. No la vi muerta, en la cárcel de Tarancón. Estaba a 16 kilómetros de mi pueblo, y no me dejaron verla. Y otra cosa: tuve que decirle a mi padre que intentara suicidarse.

P. ¿Se lo dijo?

R. Estaba acosado, muerto de hambre; daba pena verlo, lleno de piojos, igual que todos. Y le dije: "A ti te van matar los del pueblo, seguro, tú no te escapas". No se lo creía, "¿qué he hecho yo para que me maten?". Y le dije: "Lo suficiente para ser enemigo de los vencedores".

P. ¿Qué había hecho su padre?

R. Ser alcalde y haber sido fundador del Partido Socialista en mi pueblo. Había muy pocos alcaldes detenidos entre los que hubo en Cuenca. Pero el delito de haber sido alcalde socialista era delito de muerte.

P. Usted vio cómo lo apresaban.

R. El día que entraron las fuerzas nacionales en Madrid. Días después don Francisco hizo la declaración final de la guerra. Mi madre ya estaba enferma y mi casa se convirtió en un revoltijo. Cuando me cogieron a mí, ella me dijo: "Andrés, ven pronto, que tenemos que ir a ver a tu padre en Tarancón".

P. Y lo iban a fusilar.

R. Lo condenaron a muerte en un consejo de guerra que hubo en Ocaña el 7 de julio de 1943. Lo fusilaron el 15 de diciembre. Conmutaron la pena de algunos de los condenados, pero a mi padre lo fusilaron.

P. ¿Cómo era?

R. Como alcalde, el mejor del pueblo. Generoso. En casa teníamos una tienda de ultramarinos; no había ni día ni noche en que mi madre o él no regalaran comida a los que la necesitaran... Durante la guerra hubo un cambio de alcalde; le sustituyó otro republicano, nuestro pueblo siempre fue republicano. Y cuando acabó la guerra le vinieron a buscar. Gente que él conocía.

P. Usted cuenta en su libro que los falangistas y los franquistas del pueblo fueron muy crueles.

R. Lo fueron. Yo casi no me acuerdo de cómo me sentí entonces, pero imagínese: después de llevarse a mi padre, cuando me vinieron a detener, les pregunté si podía despedirme de mi madre, y me dijeron: "No, tu madre vendrá dentro de poco a buscar tu cadáver".

P. ¿Cómo se sintió?

R. Yo me quedé tan tranquilo... A otros les dijeron que no fueran cobardes, que esto de la muerte era un instante, que no se iban a enterar... En los campos de prisioneros se decían esas cosas... Lo que se dice que pasó en el Holocausto de Hitler se queda pálido ante lo que yo vi. Aquello no lo viví, pero esto lo vi directamente. Los guardias pegaban palos como si fuéramos ovejas; e iban llamando a gente que ya no volvíamos a ver, escuchábamos las torturas...

P. ¿Cómo siente ahora todo eso?

R. Cuando estaba allí casi no me daba cuenta de esas cosas; ahora me acuerdo más que entonces; que aquello no debe ocurrir otra vez, sería el final del mundo. No siento rencor, y pido perdón si en mi libro ofendo a alguien.

P. Les decían en la cárcel: "Os vamos a machacar, para que la mala hierba no crezca más". ¿Cómo sería su actitud si se encontrara con sus carceleros?

R. Ya ha pasado. Me encontré con uno; huía de mí, y yo quería tener una conversación con él...

P. Un chico del pueblo se negó a cavar fosas...

R. Sí, cuando se produjeron los primeros fusilamientos. Se enfrentó a quienes se lo ordenaban, el comandante de la plaza y los falangistas del pueblo, después de haber fusilado a los primeros cinco prisioneros. El chico le dijo al que le mandaba: "Tú tienes mucho que ocultar". Había sido teniente de la República, y no fue capaz de replicarle al chico.

P. Dice usted que en la cárcel estaba tranquilo, porque tenía salud...

R. La salud era importante para aguantar aquello. Por el hambre. Yo sacaba comida de donde había cáscaras, sangre y pus; lo limpiaba con el agua del aljibe, que además estaba lleno de piojos, por la ropa que allí lavaban... Me comía 400 gramos de cáscaras de naranja, alguna patata podrida, calabaza... Llegué a pesar 35 kilos.

P. Y seguía siendo el niño de la prisión...

R. Así me llamaban. Los compañeros, los carceleros. Un día me dijo uno: "Andrés, me van a fusilar; me despediré de ti cuando lo vayan a hacer, lo verás". Lo vi. Había una sala con una ventana desde la que se veía a los que iban a matar. Y le vi, se llamaba Zoilo Santiago Guijarro, y cuando lo iban a fusilar me gritó: "¡Andrés, niño de la prisión, que tengas más suerte que yo! Un abrazo que no te puedo dar, porque voy atado". Eso me dijo el fusilado aquel día. No se me olvida nunca el nombre.

P. Escuchar los fusilamientos.

R. Era algo terrible. Un silencio sepulcral. No se escuchaba ni una mosca. Y los disparos.

P. ¿Qué se decían entre ustedes?

R. A veces teníamos que consolar a algún padre o a algún hijo. Fusilaban a un padre o a un hijo. Los padres se daban contra la ventana, querían morir. Fusilaban en nombre de Franco. De la justicia de Franco.

P. Fue cruel.

R. Muy cruel. Franco fue muy cruel. ¡Pinochet ha matado a cuatro en comparación con él! Mató a miles. El pueblo español sufrió las consecuencias de que aquel señor sacara el Ejército a la calle contra el Gobierno de la República, que había sido legalmente constituido en unas elecciones libres y democráticas el 16 de febrero de 1936.

P. Se rompió aquel país.

R. Lo masacraron. Si aquella intentona fascista no se produce en España no pasa nada. Pero, claro, estaban el clero, el capitalismo, el Ejército. Todos en contra del Gobierno de aquella época.

P. ¿Y ahora está recompuesto el país?

R. Para mí, no; no veo que la derecha tenga intención. Mire lo que hacen con lo de ETA. Están intentando, erre que erre, que no salga lo que quiere Zapatero. A un Gobierno que quiere pacificar se le ayuda.

P. Se salvó de la cárcel, pero le llevaron de soldado a un penal militar de Marruecos...

R. Aquello era un escándalo. Igual que Uclés. Sólo que allí gozabas del aire, y en Uclés no. En Uclés padecimos los piojos, las chinches, las matanzas...

P. ¿Y qué España vio al volver?

R. Igual que cuando me fui: no podías hablar, escuchábamos la radio (la Pirenaica) a escondidas; y tenía que ir cada día a presentarme a las autoridades... Volví al pueblo; no se acordaban de mí, cómo si yo no me diera cuenta de por qué no se acordaban de mí. Y me vine a Madrid; me dio trabajo la compañía Euskalduna, de reconstrucción y reparación de buques; daba trabajo a los que habían sido presos; aquí reparábamos y construíamos material ferroviario. Estuve 34 años. Hasta que me jubilé. Me casé pronto, después de volver de Marruecos, con Eulalia, murió el año pasado. Lo peor que me ha ocurrido. Peor que la guerra.

P. Hay un proceso de reconstrucción de la memoria históri-ca...

R. Trabajan en mi pueblo. El año pasado sacaron 55 cuerpos de fusilados, enterrados en las fosas comunes, y este año, el 18 de julio, empiezan otra vez. No sé por qué tienen que trabajar sólo en verano. No lo sé. Y me parece muy bien que se reconstruya el pasado: a aquella gente la mataron sin más, no habían hecho nada. Miles y miles de españoles no saben qué pasó.

P. ¿Cómo le marcó su tiempo en el episodio del Valle de los Caídos?

R. Teníamos que picar piedras gordas hasta hacerlas pequeñitas; y picabas con un mazo gordo; picaban ingenieros, médicos, químicos, maestros de escuela...

P. ¿Sintió en algún momento que no iba a perdonar nunca?

R. Nunca lo dije. A pesar de lo de mi padre. A pesar de lo de mi madre. Y ahora publico este libro para que la gente sepa de lo que ocurrió en la posguerra con los vencidos; yo soy un vencido; lo que me hicieron, a mi edad, es imperdonable, pero lo perdono todo, pero lo llevo aquí siempre, no puedo olvidar. El olvido nunca.

P. Le hará gracia que ahora la gente le asocie con ese futbolista del Barça.

R. ¡Iniesta! Me gustaría escribirle, y me gustaría que fuera un héroe del Mundial, con ese nombre que es el mío: Andrés Iniesta.

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domingo, 19 de agosto de 2007

La familia García Holgado por Mónica Oporto difundida en www.loquesomos.org

Mónica Oporto para www.loquesomos.org escribió este maravilloso relato acerca de mis familiares represaliados en la guerra civil española. Lo hago público a través de este blog personal, no con la intención de afirmar que somos la única familia destruída por el franquismo, sino para que otros se animen también a dar testimonio, sin ello, la memoria histórica de aquellos que pelearon por un gobierno legítimamente constituído, no se recuperará por completo, y la necesitamos como pueblo, para que el pasado dictatorial español no regrese.

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.
Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.
Sor Juana Inés de la Cruz

Los García Holgado

Porque muchos quisieron poner riquezas en su pensamiento y no sus pensamientos en las riquezas, es este un merecido recuerdo para todos los que dejaron su vida luchando para consolidar una España democrática.

La familia García Holgado ha ofrendado en pos del ideal republi-cano a muchos de sus integrantes. Trabajadores, militantes, es-tudiantes, con claras concepciones sociales y de lo que querí-an mejorar en una sociedad injusta y aun anacrónicamente feudal, que convivía en una España contradictoria que se industrializa-ba; que convivía con la explotación hacia la gran masa trabaja-dora urbana y rural.
Una parte de la familia -como suele suceder- se enlistó en las filas de Franco. La familia quedó dividida y enfrentada, inclu-so tras el fin de la guerra. Paradojas crueles de la locura co-lectiva que es la guerra, la espada sirve para separar el inte-lecto y el corazón. El rojo y gualda de la bandera se trastocó en arena manchada de sangre que derramaron, de manera perversa, las tropas que Franco parió.

Militantes políticos o sociales,los García Holgado supieron ju-garse hasta el último momento por las ideas que defendían, en un verdadero ejemplo de desprendimiento que, ojalá hoy muchos puedan hacer carne y comprender realizando el sano ejercicio que propone Fernando Savater con aquello de "ponte en su lugar". Pongámonos en el lugar de aquél que, habiendo empeñado su pala-bra, por su honor, con altura ética, sabe llevarlo hasta el fi-nal por más que le cueste la vida. ¿no es maravilloso hallar personas de este fuste, cuando en el mundo de hoy se pueden com-prar voluntades con tanta facilidad como se compran baratijas?.

La Fregeneda

Camino de Portugal queda La Fregeneda, en medio de un paisaje impresionante de ríos y naturaleza abrumadora, en la provincia de Salamanca, también célebre por la famosa Universidad.

En La Fregeneda había nacido un 21 de julio de 1895, Vicente García Holgado.

Sus padres, Vicente García Quincoces y Luisa Holgado Romero, se sintieron orgullosos de ver a su hijo llegar a funcionario de Correos y Telégrafos en Madrid, a la par que militaba en el Par-tido Comunista del cual llegó a Secretario de Propaganda y Agi-tación.

Vicente no se acobardó cuando la guerra civil estalló y continuó su lucha en las filas del Partido. Lo paradójico resulta que, una vez finalizada la guerra, fue detenido y encarceladeo por el delito de "auxilio a la rebelión" -delito que suena mas a ven-ganza tardía- y por el que recibió una pena de "12 años y un día" en la Prisión de Alcalá de Henares.

Logra la libertad condicional y lo exilian en San Sebastián -país Vasco- localidad cercana al Mar Cantábrico, región marcada por la actividad pesquera. Allí Vicente continua con su mili-tancia, que lo relaciona con las cooperativas pesqueras de Do-nostia. Ya no regresa su trabajo en correos pues en 1939 le dan de baja, prohibiéndole por siempre ejercer cualquier cargo pú-blico.

Comienza la actividad sindical a favor de los pescadores y pe-queños empresarios y, producto de su imparable actividad, crea un guante especial para evitar que los pescadores dañaran sus manos mientras realizaban sus tareas.

Es claro que genio semejante sería seguido y vigilado de cerca por los triunfantes franquistas a la expectativa de ejercer la represalia sobre tan activo militante de la vida. Por tal moti-vo, Vicente recibió varias veces el ofrecimiento de pasar a Francia, dada la corta distancia que separa, por mar, a España del país vecino. Sin embargo decidió quedarse.

Lo asesinaron cuando efectuaba incansables trámites en la Direc-ción de Pesca en Madrid. Buscaba evitar que los pescadores de la Cooperativa de Pesca de Altura fueran obligados a afiliarse al verticalista sindicato franquista.

"Las armas son un signo de impotencia: los hombres
se defienden y vencen con el hueso ante todo.
Un hombre desarmado siempre es un firme bloque:
sabe que no es estéril su firmeza, y resiste.
Y los pueblos se salvan por la fuerza que sopla
desde todos sus muertos".
Miguel Hernández: Pueblo.

Otro natural de La Fregeneda, Luis García Holgado, nacido el 8 de febrero de 1897, fue funcionario de Telégrafos en Cáceres (provincia de Extremadura). A la vez que masón, estuvo afiliado al Partido Socialista (PSOE).

Cuando se declara la República llega a Administrador de Correos de Hervás.

Es claro que las ideas resultan tanto o mas peligrosas que el arma mas letal. De allí que Luis pagara con su vida el "peca-do" de esclarecer conciencias. Lo secuestran en el año 1937 y luego del consabido "paseo", lo fusilan. A la fecha está desapa-recido, categoría de triste memoria para los argentinos, y, a pesar de que la familia nunca supo dónde fue enterrado, es segu-ro que la tierra lo acoge como la madre en su regazo a un hijo.

"Pero ¿qué son las armas: qué pueden, quién ha dicho?
signo de cobardía son: las armas mejores
aquellas que contienen el proyectil de hueso
son. Mírate las manos"
Miguel Hernández: Pueblo

Vicente García Holgado (Hijo)

Había nacido en Argentina el 4 de enero de 1915, en tiempos de claro cambio político y social. La Ley Sáenz Peña daba lugar a la participación política de los sectores medios de la población y una Unión Cívica Radical -nacida de una revolución- se había consolidado a lo largo de abstenciones e inicios de revoluciones que contaban con amplio apoyo de sectores de la población.

Vicente había nacido, también, a pocos meses de iniciada la Pri-mera Guerra Mundial. Europa se debatía entre las fuerzas que pugnaban por imponer un orden u otro.

Por lo tanto no será ajeno al destino de España en el contexto de la guerra y de allí que a los cuatro años ya lo tenemos radi-cado en Madrid junto a sus padres: Mauricia Holgado Barrio y Vi-cente García Holgado.

Cursó sus estudios en Madrid, en el Liceo Francés, pero su ca-rrera universitaria la cursa en la Universidad de Salamanca, de donde provenía la familia. Allí se recibió de médico.

Con el estallido de la Guerra Civil, Vicente se alista en la Mi-licias Comuneras Antifascistas. Como Teniente Médico prestó ser-vicios en el V Regimiento 11 División, que estuvo bajo las órde-nes del General Lister.

Desaparece, como tantos otros fieles a la República, y la fami-lia ignora hasta la fecha si murió en una batalla o si terminó fusilado, de allí que siempre continuaron su búsqueda.

"Para a libertad, siento mas corazones
que arenas en mi pecho; dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales y entro en los algodones
como en las azucenas"
Miguel Hernández: El herido.

De Vicente se cuenta que, cuando su madre quedó embarazada de Benjamín, se alegró ante la próxima llegada del nuevo integrante de la familia que venía luego de dieciocho años del último de los 4 los hermanos.

Era un amante de la música, y se había recibido de profesor de violoncello. Un ser humano exquisito que combinaba la ciencia que cura el cuerpo con la música que reconforta el espíritu.

Argentina 1.949

En la escuela lo tildaban de "rojo" porque su familia, de todas las del barrio, había sido la única que no se había afiliado a La Falange. Eran los duros tiempos de las posguerra y las ven-ganzas contra los que, con honestidad habían defendido a la Re-pública.

Hasta que su madre decidió viajar a Argentina.

Benjamín García Holgado llegó a estas tierras en 1949, cuando el peronismo ya consolidado en la presidencia, reformaba la Constitución Nacional. Venía con su madre y dos hermanas: Luisa y Dora.
Su padre había caído asesinado. Su familia había sido destruida por la irracionalidad fascista. De los 8 hermanos de su padre, algunos habían apoyado a Franco y se debatían en los irreconci-liables rencores de haber pertenecido a uno u otro bando.

En momentos en que lo que quedaba de la familia los necesitaba, no había una ayuda económica para el sustento.

Fueron tiempos de privaciones y de mucho trabajo. Su madre se empleó de modista para poder mantener a los hijos y darles edu-cación. Benjamín, a los 14 años, estudió nuevamente el secunda-rio, mientras que Luisa estudiaba piano y Dora se dedicaba a la medicina.

El exilio separa físicamente a las familias, las vuelve dos raí-ces del mismo árbol. Porque ya se pertenece al lugar donde se nació y al lugar que se adopta como nueva patria. Divide los sentimientos, profundiza el dolor del querer y del deber. Mien-tras se quiere estar en una parte se debe estar en la otra.

En la tierra de origen, los que se quedaron, fueron perseguidos y segregados por "rojos" al punto de no poder estudiar ni traba-jar. Era el mas cruel de los castigos, el que se aplica entre hermanos.
La dignidad y el dolor hicieron que ninguno de los García Holga-do llegados a Argentina regresara a España.

Otra tierra, con un mismo idioma, cobijó a Mauricia, Luisa y a Dora.

Benjamín, que accedió a esta nota, es un agradecido al suelo que lo recibió y en cual pudo estudiar y logró numerosos títulos universitarios. Pero jamás regresó a España. (1)

Así como la "ley del eterno retorno" indica que, al menos una vez en la vida se debe peregrinar al suelo "santo", existe tam-bién una especie de ley por la cual "los exiliados NO REGRESAN A ESPAÑA"
Va en estas palabras el merecido homenaje a todos los hijos de España encarcelados, muertos, desaparecidos durante la Guerra Civil; a quienes, como la familia García Holgado, ofrendaron su vida por la España Republicana.

LQS Inés García Holgado

inesgarciaholgado@yahoo.com.ar
inesgarciaholgado@arnet.com.ar

(1) Palabras de Inés García Holgado, hija de Benjamín García Holgado. Abogada, profesora de la UBA, que se dedica a la invalorable tarea de gestionar ante las autoridades españolas el reconocimiento por los exiliados republicanos en Argentina.

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