Justicia y Memoria. Responsable: Inés García Holgado

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Lugar: Buenos Aires, Argentina

Dedicado a los luchadores en la guerra civil española y en la postguerra en defensa de un mundo mejor, aquellos que defendieron un gobierno legítimamente constituído. A través de estos tres blog difundiré testimonios que forman parte de nuestra memoria histórica, escritos sobre los derechos humanos en la Argentina , en España, en Latinoamericana, experiencias del exilio y sobre todo aquello en lo que pueda ayudar a través de la palabra escrita en pos de luchar contra el silencio y el olvido que se cierne sobre la sociedad española de hoy. autorizaron a su publicación. Inés García Holgado

lunes, 26 de enero de 2009

Homenaje a Amalia A. Solórzano Bravo en el Ateneo de Madrid


Acto de homenaje a Doña Amalia Solórzano (viuda del presidente mejicano Lázaro Cárdenas)
26 de Enero, a las 19 horas tendrá lugar en el Ateneo de Madrid
(22-01-2009)

Querido/a amigo/a:

Tengo el placer de informarte de que el próximo 26 de Enero, a las 19 horas tendrá lugar en el Ateneo de Madrid un acto de homenaje a Dña. Amalia Solórzano, viuda del Presidente de la República Mexicana, D. Lázaro Cárdenas, que acaba de fallecer en fechas recientes en el Distrito Federal.

Como bien sabes, ella y su esposo facilitaron hogar y medios de vida a decenas de miles de españoles obligados a abandonar España tras la Guerra Civil. Doña Amalia, como afectuosamente la llamaban los exiliados españoles, tuvo además un especial protagonismo en el acogimiento y protección de los 456 niños españoles que fueron enviados a México en plena guerra. Estos niños, fueron denominados posteriormente “los niños de Morelia”, y a la trayectoriavital y profesional, decadaunode ellos, ha estadovinculada Dña. Amalia hasta su muerte.

Con este acto pretendemos rendir homenaje a una amiga de España, a los exiliados que en México encontraron una segunda patria y, corresponder a la deuda histórica de gratitud que tenemos los españoles con la República de México, y con la familia Cárdenas en particular.

La Junta de Gobierno del Ateneo ha apadrinado este acto, que ha sido organizado por un colectivo de personas de ambos lados del Atlántico, que apoyamos tanto la memoria del exilio como el papel de aquellos, que como la República de México y los Cárdenas, salieron en defensa de la causa de la República Española.


Nuestro principal objetivo es difundir los valores universales que representó la II República, reforzar las relaciones entre la sociedad mexicana y la española, así como con los descendientes de los exiliados españoles estrechando los lazos entre nuestros pueblos. En definitiva, transformar lo que fue la desgracia de una emigración involuntaria, en un elemento de ventaja para México y para España.

Por este motivo, y para seguir impulsando el proceso abierto en nuestro país de reivindicación de la memoria histórica, este colectivo está abierto a nuevas incorporaciones y, en ese sentido, nos gustaría contar con tu participación.

En este acto participará de forma destacada D. Cuauhtémoc Cárdenas, hijo de Dña. Amalia y ex-alcalde de la Ciudad de México D.F.;D. Jorge Zermeño Infante, embajador de México en España, y D. Alfonso Álvarez Miaja, descendiente del exilio español en México, y nieto del general Miaja.

Por parte española intervendrán el Presidente del Ateneo, D. José Luis Abellán; D. Jerónimo Andreu, arquitecto y amigopersonal de Dña. Amalia; D. Antonio García Santesmases, profesor universitario; y Dña. Fanny Rubio, escritora. El acto será presentado y moderado por D. Antonio Chazarra, profesor y ateneísta.

Con el deseo de contar con tu presencia, aprovecho la ocasión para enviarte un fuerte abrazo.



ACTO DE HOMENAJE A DOÑA AMALIA SOLORZANO

ATENEO DE MADRID



Intervienen:



D. José Luis Abellán, presidente del Ateneo de Madrid.

D. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, ex-alcalde de la ciudad de México DF

D. Jorge Zermeño Infante, embajador de la República de México.

D. Alfonso Álvarez Miaja, presidentedel Consejo Consultivo de Michoacán

D. Jerónimo Andreu, arquitecto.

D. Antonio García-Santesmases, profesor de filosofía de la UNED.

Dña. Fanny Rubio, escritora y poeta.



Presenta y modera:



D. Antonio Chazarra Montiel, vicepresidente de la Sección de Ciencias de la Educación del Ateneo de Madrid.



Lunes 26 de enero de 2009. 19:00 horas

Salón de Actos c/ Prado, 21



Dña. Amalia A. Solórzano Bravo (1912-2008), nació en Tacámbaro, Michoacán, y fue esposa del ex presidente de México, D. Lázaro Cárdenas (1934-1940). Durante la presidencia de éste, tuvo un papel destacado endefensa de la República española. Convenció a su esposo para acoger en México a niños españoles (los “Niños de Morelia”) mientras durase la guerra, con la intención de repatriarlos finalizada ésta. Además de los niños, no menos de 20.000 españoles se trasladaron al exilio mexicano, donde pudieron emprender una nueva vida. México nunca se plegó a los dominadores fascistas, no reconoció al régimen salido del golpe de estado y mucho menos a la dictadura, no teniendo relaciones diplomáticas con España hasta la llegada de la democracia. Desde entonces, es el país hermano de América que mejor trato y relaciones tiene con España. En noviembre del 2007, el Gobierno español concedió la Gran Cruz de Carlos III, a doña Amalia.

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sábado, 2 de agosto de 2008

AGUSTI CENTELLES

A mi hijo Sergi y a los que puedan venir..." El fotógrafo Agustí Centelles (Valencia, 1909-Barcelona, 1985), considerado por muchos "el Robert Capa español", comenzó con estas palabras el retrato de sus días en Bram "recluido en un campo de concentración en calidad de refugiado, según las autoridades francesas, y en la práctica como prisionero". Procedente del campo de Argelès, permaneció en Bram entre marzo y octubre de 1939. Documentalista excepcional de la Guerra Civil española desde el bando republicano, Centelles había emprendido el camino del exilio dejando en España a su esposa y a su hijo, de un año y medio.

El fotoperiodista retrató en imágenes y en palabras la dura experiencia del campo de refugiados

Su futuro era incierto. Pero durante todo el periodo de su internamiento conservó la presencia de ánimo necesaria no sólo para dejar testimonio gráfico de la vida en el campo, que documentó en 600 fotografías (la inmensa mayoría, inéditas), sino también para ponerle palabras, un medio expresivo nuevo para él. Lo hizo en una sencilla libreta escolar, en catalán ("lo hago porque, sea cual sea nuestra suerte, tengas el orgullo y la satisfacción de ser catalán... Te pido perdón por las faltas: nunca he practicado el catalán por medio de la escritura") y en forma de un diario que en febrero será publicado en catalán (Columna) y castellano (Península), acompañado con un pliego de fotografías. Posteriormente, y de momento sólo en catalán, se editará un álbum con las mejores imágenes que tomó de la vida cotidiana en el campo. El dietario tendrá una versión en francés a rebufo de una exposición dedicada a Centelles en Bram que organizará el Jeu de Paume de París con motivo del 70 aniversario del final de la guerra civil y como símbolo del sufrimiento de los exiliados españoles.

Teresa Farré, que lleva 11 años estudiando la obra del fotógrafo, sobre quien prepara una tesis (la primera que se le dedica), fue una de las primeras personas en leer este relato íntimo, que se ha encargado de transcribir. Sergi, el destinatario natural del dietario, se sentía incapaz de enfrentarse a la dura experiencia de su padre. "Lo leyó no hace mucho, a partir de la transcripción", dice Farré.

Según explica la investigadora, Centelles se aplicó con regularidad a la tarea de escritura, aunque el tamaño de las entradas es dispar. Sus sentimientos personales, la añoranza de la familia y su estado de ánimo se alternan con reflexiones acerca del trato dispensado por los franceses a los internos, de cómo estos se van degradando con el paso del tiempo, de la preocupación colectiva por el contexto político mundial. Con una caligrafía cuidada pero abigarrada para aprovechar cada página, comenta las noticias, y también su actividad como fotógrafo en el campo. Una tarea en un doble sentido: atendiendo a su instinto de fotoperiodista, y como retratista de sus compañeros, lo que le permitió mejorar sus condiciones de vida en Bram.

En el camino del exilio, Centelles había llevado consigo una maleta con el grueso de sus fotografías, en buena medida imágenes de guerra. No se separó de ella durante años, conservándola incluso en Bram. En 1944, antes de iniciar el camino de regreso a España, la confió a unos labradores de Carcasona, y no la recuperó hasta 32 años más tarde. Sus hijos, Sergi y Octavi, son los depositarios del archivo paterno, que han catalogado y gestionan. Saben que una parte del material está desaparecida porque fue requisado, aunque como explica Farré intuyen que se circunscribe a vida social de la República. Lo que no esperaban es hacer nuevos descubrimientos entre el material que ellos mismos custodian. Pero justamente esto es lo que les ocurrió hace varias semanas, cuando en una vieja caja de galletas aparecieron un centenar de imágenes inéditas, tal como publicó ayer El Periódico de Cataluña. "Cuando mi padre murió debimos trasladar el archivo, y esta caja iba rondando por los estantes pero no le habíamos dado importancia. Seguramente quedó oculta en una doble fila", medita Sergi. Hasta que el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) les pidió si tenían fotografías vintage sobre la ciudad. "Volvimos a buscar y rebuscar y dimos con la caja", añade Sergi.

Entre este tesoro desconocido para los descendientes del fotógrafo figuran 42 negativos sobre los bombardeos de Falset y Reus de 1937, otros muchos sobre la actividad fotográfica de posguerra de Centelles, centrados en las visitas de personalidades de todo tipo a las cavas de la empresa Canals & Nubiola (entre ellas, Dalí, Kubala o Cugat...) y una veintena de imágenes positivadas en su día por el propio Centelles, pero que permanecían inéditas. "Ha sido una sorpresa y una alegría fantástica", admite Sergi Centelles.

Retazos de un diario

- "Camiones ante sedes oficiales cargan precipitadamente. ¿Es posible que caiga Barcelona? ¿No habrá resistencia? ¡Por lo que se ve, no!. Todos huyen". (25 enero 1939).

- "Un trozo de carne que en Barcelona llamaba bistec, nos ha sido dado para cinco". (17 febrero).

- "Ha llovido mucho. Con este tiempo y viviendo así no aguantaremos mucho. Cada día hay muertos,. barracas hundidas, gente calada sin refugio." (24 febrero).

- "He vuelto a encontrarme ocho piojos más... La diarrea sigue... El trato francés deja que desear". (1 de marzo).

- "En el barracón estamos a seis grados bajo cero". (19 de marzo).

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martes, 13 de mayo de 2008

MARINA GINESTA una imagen simbolica icono de la resistencia




EFE - París - 10/05/2008 18:38

Marina Ginestà tenía 17 años, un carné de las juventudes socialistas y el sueño de una revolución cuando en verano de 1936 posó orgullosa y desafiante en la terraza del Hotel Colón de Barcelona para el fotógrafo Juan Guzmán que tomo de ella una imagen simbólica que se convirtió en un icono de la resistencia.

Vestida con un uniforme miliciano, con el cabello al viento, pertrechada con un fusil que portó por primera y última vez en toda su vida, la joven republicana sirve de primer plano a una imponente vista de la Ciudad Condal.

"Es una buena foto, refleja el sentimiento que teníamos en aquel momento. Había llegado el socialismo, los clientes del hotel se habían marchado. Había euforia. Nos aposentamos en el Colón, comíamos bien, como si la vida burguesa nos perteneciera y hubiéramos cambiado de categoría rápidamente", afirma Ginestà en una entrevista con la Agencia Efe en su domicilio de París.

Hacía poco que había estallado la guerra y el hotel, otrora símbolo de la burguesía catalana, había sido reconvertido en la sede de las recién creadas Juventudes Socialistas Unificadas.

Antes del inicio de la contienda, Ginestà y otros muchos idealistas preparaban la Olimpiada Popular como respuesta a los Juegos Olímpicos que ese mismo año organizaba la Alemania nazi.

"Éramos tan ingenuos que pensábamos que el levantamiento militar (del 18 de julio) era contra la Olimpiada popular", asegura la mujer que a sus 89 años desgrana con un dulce acento catalán recuerdos de unos años que marcaron su vida.

Hicieron falta muchos días para que aquellos jóvenes entendieran que afrontaban una cruenta guerra que acabaría con sus sueños.

Primero como traductora del enviado especial del diario soviético "Pravda" Mijail Koltsov y luego como periodista de varios medios republicanos, Ginestà vivió la guerra desde una retaguardia militante y afanada por mantener alto el ánimo de su bando.

"Éramos periodistas y nuestra profesión era que no decayera nunca la moral, difundíamos el lema de Juan Negrín 'con pan o sin pan resistir'. Y nos lo creíamos", afirma la mujer, convencida ahora de que los datos que contribuía a propagar habían sido falsificados para mantener viva la ilusión de la victoria.

De la mano de Koltsov asistió a la entrevista que el periodista soviético mantuvo en agosto del 36 con Buenaventura Durruti en la localidad maña de Bujalaroz, una conversación de alto nivel político que Ginestà asegura que costó la vida a ambos, porque Stalin les estaba espiando y no debió apreciar lo que se dijeron.

De su trabajo en la retaguardia también conserva recuerdos duros, como la visita a un hospital barcelonés para identificar cadáveres.

"Es el recuerdo más terrible que guardo de la guerra. Por primera vez tuve una idea de la muerte. Vi a una mujer muerta con su hijo en brazos...Todavía hoy me viene a la mente ese recuerdo", confiesa.

Pero los momentos más duros llegaron cuando tuvo que abandonar el país en busca del exilio francés, su patria de nacimiento.

En el paso de los Pirineos perdió a su novio, comisario político, pocos días antes de reencontrarse con sus padres. La llegada de los nazis les obligó a tomar un barco con destino a América.

La nave, que se dirigía al México de Lázaro Cárdenas donde los aguardaban con los brazos abiertos, se desvió para ganar tiempo a la República Dominicana. Ginestá pasó también por Venezuela.

Sólo entonces sintió que la guerra estaba perdida.

"La juventud, las ganas de ganar, las consignas,... yo me las tomaba en serio. Creía que si resistíamos ganábamos. Teníamos la sensación de que la razón estaba con nosotros y que acabaríamos ganando la guerra, nunca pensamos que acabaríamos nuestras vidas en el extranjero", rememora.

La decepción de la derrota, el recuerdo "de los compañeros que se quedaban atrás, muchos de ellos fusilados", se mezclaba entonces con el sueño de que las democracias europeas vencieran al fascismo en la recién iniciada Guerra Mundial.

"Esperábamos que ganaran la guerra, que en España volviera la República y que Franco fuera fusilado", asegura.

Marina Ginestà no conocía la foto del hotel Colón, ni el simbolismo que ésta ha adquirido con el tiempo.

La instantánea se encuentra en los archivos de Efe y un documentalista logró recientemente descubrir la identidad de la modelo y localizar su paradero.

Ginestá considera que la imagen tiene algo de artificial y prefiere otras, como la del reencuentro con su hermano Albert en el frente del Ebro, que no para de mostrar con orgullo.

"Dicen que en la foto del Colón tengo una mirada arrebatadora. Es posible, porque convivíamos con la mística de la revolución del proletariado y las imágenes de Hollywood, de Greta Garbo y Gary Cooper", afirma.

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martes, 15 de abril de 2008

GOBIERNO VASCO Y ABUELAS DE PLAZA DE MAYO

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domingo, 23 de diciembre de 2007

JORGE SEMPRUN

'Sin memoria, yo no existiría'

Juan Cruz EL PAIS SEMANAL - 16-12-2007
ttp://www.elpais. com/articulo/ portada/memoria/ existiria/ elpepusoceps/ 20071216elpepspo r_5/Tes/

Es un militante de la memoria. Sus recuerdos guardan la historia reciente de España y de todas las vidas que ha vivido. Este intelectual español y francés sigue escribiendo para no olvidar. Este hombre es memoria. Pura memoria.

En La escritura o la vida, Jorge Semprún cuenta su experiencia como deportado 44.904 en el campo de concentración de Buchenwald, en la Alemania de Hitler. 'Todo me había ocurrido, ya nada podía sucederme. Nada sino la vida, para devorarla con avidez'.

Cuando se produjo la liberación, este joven, que sólo tenía 22 años y ya había sido resistente en Francia contra la Gestapo , bebió, bailó, corrió caminos hasta volver a París. Empezó a devorar la vida, y la devoró a veces con pasión y con placer, y a veces con melancolía, jamás con el sentimiento de la derrota.

Exiliado español, huérfano de madre muy pronto, hijo de un católico que había preferido la República , nieto de Antonio Maura, abrazó la diáspora mientras estaba en Biarritz, de vacaciones con su padre, y luego fue, en los años cincuenta, un comunista que desafió a Franco en España (durante un tiempo, en casa del poeta Ángel González) con el nombre de Federico Sánchez. Luego fue expulsado por Santiago Carrillo del Partido Comunista de España, junto a Fernando Claudín, y siguió abrazando la escritura y la vida; fue guionista de muchas películas célebres, algunas de las cuales las hizo con Alain Resnais, Costa-Gavras y casi siempre con Yves Montand; noveló su vida y otras vidas (El largo viaje, La segunda muerte de Ramón Mercader, Aquel domingo, Autobiografía de Federico Sánchez), y fue ministro de Cultura con Felipe González entre 1988 y 1991.

Felipe le llamó un día, le dijo que le divertía imaginar que los que le persiguieron largo tiempo, le guardaran ahora, y le confió un sitio en el Consejo de Ministros. La vivienda que le asignaron estaba al lado de la casa donde vivió su infancia, muy cerca de la casa de su abuelo. Un día le llevaron al domicilio de Antonio Maura, muchos años después, ya siendo ministro, y fue él quien guió, con una memoria que no ha conocido altibajos, los pasos de los que pretendían enseñarle el sitio de sus correrías de chico. 'Aquí estaba la cama, aquí la mesilla, aquí tenía las pantuflas el abuelo'.

Con esa minuciosidad de orfebre de la memoria sigue contando Semprún, a sus 84 años, sus andanzas y también sus conversaciones. Le hablamos de un contemporáneo: 'Sí, la primera vez que le vi, él estaba vestido con una chaqueta verde, ¡verde para aquellos tiempos! Y estábamos en el café Varela, en Madrid; también estaba Pepe Hierro...'. Sus memorias alcanzan una intensidad especial, emocionante, en ese libro que citamos al principio, La escritura o la vida (Tusquets, como casi toda su obra), donde acaso reempieza su biografía, donde renace Semprún con su propia identidad, despojado del pavor encerrado de la guerra que hizo Hitler.

Ahí hay un párrafo que acaso complementa esa decisión de 'devorar' la vida, y que se produce enseguida que sale a la calle, liberado: 'Mi cuerpo se relajó. Me acordé de que éramos libres. Una especie de violenta felicidad me invadió, un estremecimiento de toda el alma. Me acordé de que tenía proyectos para ese día que comenzaba'.

Tenía proyectos para ese día, tuvo proyectos siempre. Ahora, cuando le vemos en París y él acaba de perder a su mujer, Colette, Jorge Semprún, que sufre ligeros achaques de salud, sigue teniendo proyectos: escribe más memorias, una novela en preparación y alterna unos ensayos políticos con ciertas reflexiones personales. Da un manotazo sobre la mesa, como descartando la posibilidad, cuando se le dice que a él, que ha sido premiado en París, en Francfort y en Jerusalén, alguna vez tendrían que premiarle en este país, en el que sirvió como soldado de frentes políticos y civiles; habla en voz baja de los que devinieron enemigos suyos (Carrillo: ésta es una voz de su diccionario tachado); come con apetito en un viejo bistrot del que tiene una memoria nítida, y eso que estuvo en él hace treinta años.

Le encontramos en su casa, a mediodía, un día de huelga casi general en París; vestía con uno de esos suéteres grises de cuello alto que son habituales en su indumentaria. Surgió desde el piso de abajo, y ocupó una mesa redonda, grande, en su dúplex, junto a la cocina. Acostumbrado ahora a ser la mitad restante de la casa, sigue conservando, a pesar de los años y de la biografía, a pesar de cierta melancolía que inevitablemente hace caer sus párpados hacia el suelo, la vitalidad, animado a seguir, 'aunque la procesión vaya por dentro'. Educado (primero en alemán, después en francés) para ser un europeo pudoroso y discreto acerca de lo que hay dentro de su corazón, ha escrito algunas de las páginas autobiográficas más abiertas de su generación civil y política. Como André Malraux 'un referente que a veces parece incluso el modelo de su hoja de ruta, como militante y como escritor', ha estado toda su vida buscando 'la región crucial del Alma donde el Mal absoluto se opone a la fraternidad' .

Pero eso no lo ha hecho como un teórico, sino exactamente como un militante. ¿Militante hoy? 'Sí, de la memoria'. Aún sueña con algunos hechos de su vida, y el más recurrente le sitúa, junto a Claudín, venciendo en su lucha contra Carrillo, en el PCE. Luego se despierta, y sigue viviendo, devorando, como puede, la vida. En su casa, rodeado de cuadros (algunos de ellos, de su gran amigo Eduardo Arroyo) y libros, sobre todo de arte, Semprún se pregunta: '¿Y de qué quieres hablar? Si ya lo he dicho todo'. De la infancia; queríamos hablar de la infancia, sobre todo, ochenta años después.

Volvamos a La escritura o la vida. Ahí hay una frase que usted le dice a un compañero de la Resistencia , cuando van a apresar a un alemán. Y el alemán se pone a cantar.

Sí, canta La paloma en alemán. Y yo me quedo paralizado.

Y su compañero se asusta. Sí, me pregunta: ¿qué te está pasando?, o algo así.

Y usted le dice: 'Me está pasando 'La paloma'. Eso es todo. La infancia española que me golpea en pleno rostro' . Sí, eso ocurrió entre 1943 y 1944. Y estábamos en una emboscada otros resistentes franceses y yo.. Y viene un soldado alemán con su moto; se acerca a un río, a beber agua, supongo; nosotros le vigilamos. Era una ocasión perfecta para disparar, quitarle el arma, quedarnos con su moto. Y cuando vamos a disparar, el chico se pone a cantar La paloma en alemán. ¡Era una canción de mi infancia, de la calle, de Madrid! Yo no podía disparar contra aquel pobre soldado alemán.

¿Y cuál es el momento más antiguo que le ha pasado por su memoria, de su infancia, Semprún? Casi parece inverosímil. Yo mismo he creído que era inverosímil. Que no era un recuerdo como tal, sino reconstruido a base de relatos de mi madre. Según mis cálculos, es de cuando yo tenía dos años. Mi madre nos llevaba a dos o tres de sus hijos - éramos siete, no podíamos ir todos - a ver a mi abuelo. Estaba ya recluido en su casa, viejito, enfermo. Recuerdo la escena exactamente. La barba blanca, la manta escocesa sobre las rodillas, todos los detalles. Cuando hago los cálculos me doy cuenta de que yo debo de tener dos años, porque yo nací en 1923 y el abuelo murió en 1925.

Pero muchos años más tarde recordaba perfectamente el lugar... Sí, en 1988, cuando Felipe me hizo ministro, el duque de Maura de esta época, mi primo Pérez Maura, me invitó a comer a esa casa. Y les conté la historia. Entonces él me invitó a ir a la planta baja de la casa, que se conserva tal como fue entonces. Cruzamos por un laberinto de pasillos, hasta el despacho del abuelo. Y allí estaba la silla que yo recordaba, tal cual. Le digo a mi primo: '¿Y dónde está la manta escocesa?'. Y me dice: 'La hemos tenido que tirar, se había apolillado'. O sea, que hasta la manta escocesa era verdad.

Un instrumento extraordinario la memoria. Sí, para bien y para mal. Extraordinario.

Le ha servido como escritor. Y para vivir. Un político clandestino que trabaja con nombre supuesto tiene que recordar muy bien cuál es su identidad falsa. Si te llaman por ese nombre y no contestas estás muerto. Y si contestas a tu nombre verdadero estás muerto también. La memoria es el hilo de la identidad. Yo sé quién soy porque recuerdo tal y tal cosa, y luego recuerdo toda la vida. Pero si tienes poca memoria es posible que llegues a no saber quién eres.

Usted ha ido memorizando algunos de los acontecimientos más graves del siglo XX. Primero, la Guerra Civil.Pero eso no es mérito mío. Nací en 1923, así que la guerra empieza cuando tengo 13 años, me meto en la Resistencia cuando tengo 18, me deportan cuando tengo 19. Eso tiene sus consecuencias personales, claro, imagínate el torbellino, un chiquillo y ya con todas esas experiencias. La época no la he elegido yo. Dentro de esa época he elegido ser una cosa y no la otra.

Otro recuerdo en el que usted hurga en sus libros es el del pasillo de su casa, ese hueco en el que al final usted cree que hay un tesoro... Había ropa. Los secretos que yo creía que había eran los secretos de la intimidad. Y la relación con mi madre se trunca, así que siempre se queda el misterio; ella murió en 1932, cuando éramos muy pequeños. Yo tenía ocho años, y ésa es una edad en la que los recuerdos se quedan como episodios intensos, y todo se mezcla luego, cuando evocas. La infancia es una relación que pesa mucho; la madre, la ausencia de la madre, la patria, esa palabra tan rara de manejar. El exilio, todo en una misma época, o casi, se concentra en el periodo de la infancia. Yo podría estar escribiendo, si tuviera tiempo y ganas, veinte libros sobre la infancia. Pero sucede que no tengo tiempo ni ganas. Yo era un niño cuando llega la II República , y era un chiquillo cuando empieza la guerra. Qué materiales para la escritura.

Está en Buchenwald aún cuando recuerda el 14 de abril de 1945. Los americanos nos habían liberado el 11 de abril, pero seguíamos allí. Y, es curioso, de los 18 días que pasan entre que salgo del campo y regreso a París tengo muy pocos recuerdos.

Dieciocho días sin recuerdos. Poquísimos. Si pongo juntos esos 18 días y los reacomodo, tendré cuatro o cinco horas de recuerdos, no más. ¿Qué ha pasado con ese tiempo? ¿Qué he hecho? Conozco el marco geográfico, el escenario; dormía en el barracón de siempre, pero comíamos mejor. Recuerdo algunas cosas muy fragmentarias, así que si las reconstruyo sería sólo gracias a la ficción. A veces la memoria te juega malas pasadas.

A veces ayuda, olvidando. He pensado eso alguna vez. Pero, claro, buscando, indagando, haciendo un esfuerzo de memoria, puedes llegar a reconstruir momentos.

Lo que sí queda claro es que usted fue plenamente consciente de los periodos históricos que vivió antes, en la infancia. Y en un momento de sus memorias declara, sobre la Guerra Civil : 'Era inevitable'. ¿Por qué percibía que lo era? Tengo las imágenes directas de aquella época. Tengo recuerdos de radio, de discursos. Y los discursos llevaban a una guerra civil. Una época de enorme tensión. Y ahora, cuando está terminándose 2007, escuchas algunos discursos y oyes otra vez el latido que entonces hacía presagiar la Guerra Civil.

¿Tanto? Exactamente el discurso de 1936, en los momentos previos a la Guerra Civil. Lo que pasa es que ahora España ha cambiado, el mundo ha cambiado, no estamos en la misma situación; eso no quiere decir, por tanto, que ese discurso vaya a terminar en guerra civil. Pero hay veces que oyes algún discurso de la derecha española o de una fracción de la derecha española de hoy y recuerdas exactamente el discurso de 1936: la España rota, la España destruida. Parece que no les falta más que reinventar algunos de los lemas del franquismo: 'Más vale una España rota que una España roja'. Hasta ahí no llegan.

Hace diez años, usted hizo la misma advertencia. 'Esto que está pasando me recuerda lo que sucedió entonces'. Pero entonces a esos discursos sucedió una guerra, que muchos vimos como inevitable. ¿Por qué la vi como inevitable? Porque cada día de febrero, de marzo de 1936, cada día era día de guerra civil. Guerra civil semicontrolada, una guerra civil que todavía no alcanzaba su punto de ignición, pero era ya ése el clima que se vivía. En este momento no estoy atribuyendo responsabilidades más a unos que a otros, sino que estoy diciendo que se vivía como inevitable. En algunos sectores casi se deseaba, para que estallara la enorme presión que había en el país.

¿Algún recuerdo concreto? No por haberlo vivido, sino por habérselo oído contar a mi padre; alguna reunión previa a la Guerrra Civil , de 1936. Él había ido a casa de un amigo íntimo suyo, Eusebio Oliver, gastroenterólogo. Allí iba a leer Federico García Lorca La casa de Bernarda Alba. Al final de la lectura y de la cena se habló de la situación; algunos de los asistentes, con gran asombro de mi padre, no sólo veían la guerra como inminente, sino que deseaban que hubiera una intervención, a ver si acababa el desasosiego. Y es ahí donde Federico decidió y dijo: 'Yo me voy de Madrid, a Granada, que es más tranquila, por si pasa algo'. Y en Granada lo mataron. No es un recuerdo que haya vivido yo, me lo contó mi padre al poco de ocurrir.

Da repelús hoy recordar lo que se dijo en esa reunión, la decisión de Lorca. ¿De veras que lo hemos superado? ¿No sigue estando ese espíritu en el inconsciente de los españoles?Bueno, habría que ver. Yo creo que está en algunos discursos. Pero la experiencia profunda está en contra de eso. Esos discursos están bastante superados; la experiencia de la reconciliació n, de la superación de aquellas cosas, es la que prevalece, por mucho que ahora se evoque de nuevo un espíritu contrario.

También decía usted, evocando ese episodio, que la guerra tenía que acabar como acabó.Objetivamente era muy difícil que acabara bien para los republicanos. Es muy difícil pensarlo teniendo en cuenta la soledad de la República , y el conflicto en el propio campo republicano. Para ganar la guerra, la República hubiera debido contar con el apoyo de Inglaterra y de Francia, y no lo tuvo.

Su madre murió muy pronto. ¿Cuál es su recuerdo? Estaba muy presente, era muy cariñosa, y en mi recuerdo, bellísima... Pero no puedo contrastar mi recuerdo con la realidad porque no tengo nada sino mi propio recuerdo. No hay ningún recuerdo de la familia. La Guerra Civil nos cogió de vacaciones; allí, en la casa, se quedaron los papeles, las fotos... Madrid, barrio de Salamanca, una casa burguesa: aquello fue saqueado a conciencia.

¿Y no hay ni una foto? No queda nada. La única foto que yo tengo de mi madre es una reproducida de un reportaje de la revista Blanco y Negro, en una recepción en la casa de don Antonio Maura, director de la Real Academia. Y en una de esas fotos están las hijas de don Antonio... Incluso no tengo la certeza absoluta de que ella sea la hija, porque en la inscripción que hay en el pie de la foto no está muy clara su identidad.

Pero tiene recuerdos de ella. Son recuerdos de infancia, y de primera infancia. Ella murió cuando yo era muy niño de una cosa absurda: una infección producida por el roce de un zapato demasiado estrecho. Entonces no existía la penicilina, con ella no se hubiera muerto.

¿Y su padre? Era un hombre muy valiente intelectualmente. Se sumó a la República , siendo católico. Pero era un hombre sin sentido práctico de la vida. A veces me recuerda a personajes de las novelas rusas, de Chéjov, por ejemplo. Lo único práctico que hacía era conducir un coche, eso lo hacía muy bien. ¡Pero era incapaz de llevar una carta al buzón!

La guerra les alcanza fuera de España.Sí, y durante algún tiempo seguíamos confiando en que la guerra terminaría favorablemente para la República. El exilio se nos vino encima ya en 1939. Pero, curiosamente, para mí se interrumpe en 1943, cuando entro en el campo de concentración de Buchenwald.

Le detuvieron como español. Sí, yo tenía una identidad falsa. Los alemanes se extrañaron de que fuera un español; un aliado, a fin de cuentas. La documentación provenía del consulado español; nos recomendaron que nos hiciéramos la documentación ahí, por la foto, era más fiable, y luego me cambiaron el nombre, Sorel. Era muy visible la falsificación. Me arrestaron, pero no me interrogaron enseguida, de modo que tuve tiempo de fabricarme una historia. Les monté una estrategia, pero se cansaron antes de que la desarrollara del todo. Y no me mataron, me deportaron. Tenía mucho aguante.

¿Y de dónde venía esa madurez, esa capacidad de reaccionar?Es una consecuencia de la historia. A los 16 años, en París con mi padre, no teníamos un céntimo; él daba clases en un colegio religioso en las afueras de París. Así que yo me las tuve que arreglar.

Y le sirvió para la clandestinidad y para el campo de concentración. Más para la clandestinidad que para el campo, porque en la clandestinidad estuve más años. En la España franquista te podían dar palizas de muerte si te localizaban, pero en el campo ibas al crematorio si te hallaban haciendo trabajos clandestinos.

¿Cuál es para usted la foto de su llegada al campo?Clarísima: un tren en el que estoy cinco días y cuatro noches, 120 personas apretadas en un vagón de mercancías; tanto que yo, durante todo el viaje, casi nunca pude tener los dos pies apoyados en el suelo al mismo tiempo. Allí nadie respiraba, el calor era insoportable?

Y el olor. El mal olor. Pero al llegar a la estación del campo, la escena fue wagneriana. Un sitio con focos potentísimos en mitad de la noche, los perros de las SS, las águilas hitlerianas. Y llegas a una puerta monumental, y a partir de esa puerta, el silencio. Te acompañan personajes que no van de uniforme, pero tampoco llevan el traje a rayas; son los internos que están a cargo del orden del campo. Aquellos hombres van cubiertos de ...

... harapos... Como yo mismo enseguida. Uno de esos tipos me dice, en alemán: !Se ha terminado. Habéis llegado. Somos antifascistas como vosotros'. ¡Es una locura! ¡Llegas y no entiendes nada! Claro, lo entiendes unos días después. Es un cambio brusco, de los perros que te amedrentan, los culatazos, a este ambiente de silencio que ordenan los tuyos. No hay gritos, ni insultos, ni porrazos. Todos los campos no eran así, en éste los antifascistas tenían el poder interno, era un campo muy especial.

Volvió en 1992. Y escribió: 'Una vida más tarde, varias vidas, varias muertes más tarde, estaba de nuevo en el dramático espacio vacío del Appelpltaz de Buchenwald'. Un momento tremendo.Yo no quería volver, y nunca regresé en esas excursiones de sobrevivientes. Además, dos meses más tarde de haber sido evacuado volvió a abrirse como campo de concentración de la policía política soviética, en su zona de ocupación. Pero cuando se reunificó Alemania y ya ése era un campo de la memoria, pude volver a Buchenwald, incitado por un programa de la televisión francesa. Yo estaba escribiendo La escritura o la vida, y me costaba, y pensé que quizá volviendo al campo podía rememorar mejor lo que había sucedido. Fui con los nietos, de 17 y 20 años.

¿Cómo fue la conversación con los nietos? Fue muy buena; yo nunca había contado en familia lo que sucedió allí. Y los jóvenes tienen una mirada sobre el pasado realmente desaprensiva, insolente incluso. Y ahí me pasó una anécdota curiosa. Mientras les estaba contando el primer interrogatorio, sobre mi oficio, un hombre que estaba en la recepción de este lugar de memoria me rectifica. 'No fue así', dice. En la ficha, que fue a buscar, no decía que yo fuera estudiante, como yo creía que decía. Decía: Estuquista'. Se decía parecido, y quien me recibió en el campo me lo había dicho, en efecto: aquí se salva quien sabe hacer algo, y puso estuquista. Francisco Largo Caballero fue estuquista. Y aparecer como estuquista me salvó la vida, porque era un oficio especializado.

¿E hizo algún trabajo de estuquista? Nada, nada. Me mandaron a la oficina, donde era necesario hablar alemán. Ese era otro privilegio; si no hubiera sabido alemán habría trabajado con pico y pala.

¿Qué es lo más difícil de recordar de todo lo que usted ha recordado? Las posibilidades del hombre de hacer el mal. En mis recuerdos del campo no insisto voluntariamente en los horrores que puede provocar la posibilidad humana de hacer el mal. Insisto en la posibilidad de hacer el bien. Yo prefiero recordar al hombre rompiendo un trozo de su pan para dárselo a un compañero.

Dice usted mucho la metáfora del pan. Porque es el símbolo de la vida. 'El pan nuestro de cada día'. El que no tuviera pan se moría de hambre. El pan, además, se iba achicando a medida que avanzaba la guerra, se convertía en nada. Y terminabas devorándolo; bueno, no: masticándolo eternamente, hasta el final. Para que durara lo más posible.

Dígame, Semprún, cómo fue ese momento, esa foto final de Buchenwald, el 11 de abril de 1945. A las ocho de la mañana se oyen las sirenas de alarma, los altavoces avisan a las SS de que deben replegarse. Luego los aviones americanos empiezan a volar muy bajo, por encima del campo. Se retiran las SS. Los primeros americanos que entran en el campo llegan a las cinco de la tarde, y se encuentran que allí dentro hay un verdadero ejército en armas. Y fuimos saliendo, unos con fusiles, otros con bazucas, un arma absurda.

Y dice usted: 'Todo me había ocurrido, ya nada podía ocurrirme. Nada sino la vida' No recordaba haber escrito eso. Y además, aún no recordándolo, confirmo que es exactamente la impresión, la sensación que tenía en aquel momento.

Y no ha cesado de tenerla, y de contarlo. Cuando dejó la casa de Ángel González y abandonó la clandestinidad madrileña, le dijo al poeta que le dio cobijo: 'Lo que yo quiero ser de veras es un escritor'. Pero todo conspiraba para que fuera un activista. Sí, en efecto. Yo quería ser escritor desde los ocho años. Mi madre lo dijo un día, en Santander: 'Éste', hablando de mí, 'será, o escritor, o presidente de la República '. Para presidente de la República se me cerró la posibilidad. Entonces soy escritor.

¿Y ahora qué escribe?Estació n de ánimas. Es un libro muy extraño. No es una novela, ni un relato, ni un ensayo. Parte de una sentencia de Séneca, sobre la muerte: 'Postem morten nihil est'. La muerte misma no es nada. Eso es para mí la muerte, y eso es lo más angustioso, no es nada. La idea de nada.

¿Y en qué momento, Semprún, se halla la historia, la de España, la de Europa? Usted suele citar unos versos de Jaime Gil de Biedma, que dicen que la historia de España siempre termina mal...La historia es interminable, la de España, la de Europa. España es un país que se lleva muy mal con su pasado. Siempre se ha asombrado de su presente y de su pasado, y los ha reconciliado mal. Mira lo que dice Ortega: 'Dios mío, ¿qué es España?'. Eso no se lo hubiera preguntado nunca un francés.

¿Y usted cómo se lleva con su propia memoria? Muy bien. Sin memoria, sin seudónimos, sin falsas identidades, yo no existiría.

Tanta historia como ha vivido le habrá abierto espacios para el rencor. Rencor no siento ni por el Generalísimo. ¿Rencor personal? No sé si será una suerte o una desgracia, pero no sé lo que es. Siento extrañeza o cólera, y admiración por quienes se han podido reconciliar con su propio pasado. Por ejemplo, por Dionisio Ridruejo, que siempre tuvo una lucidez extraordinaria para hablar de su pasado falangista.

En algún momento de sus libros se pregunta por su verdadera patria. ¿De dónde soy? ¿Español o francés? Tiendo a decir que soy un escritor francés; sólo he escrito un libro en español, Veinte años y un día, porque ocurría en España. Me molestan los defectos españoles y me molestan los defectos franceses. Soy más bien un ilustrado francés o un afrancesado. Luis Buñuel se reía de los que le decían afrancesado: 'A mucha honra, afrancesado a mucha honra', decía. ¡Ja, ja! Qué razón tenía Buñuel.



Entre la política y la vida

Intelectual y hombre de acción. Ambos atributos, Jorge Semprún los ha combinado a lo largo de su dilatada vida. Niño en la II República , adolescente en la Guerra Civil , conoció el exilio y la deportación a la edad en que otros sólo piensan en echarse novia.Comunista. Militante en la clandestinidad, vivió una vida de riesgo a saltos entre España y Francia. Aquella experiencia y su posterior expulsión del PCE la reflejó en un libro con el que ganó el Planeta en 1977, Autobiografía de Federico Sánchez, su nombre de guerra, en la que propinó sonoros golpes a Santiago Carrillo, su bestia negra.Ministro de Cultura entre 1988 y 1991 con Felipe González, vivió de cerca la ruptura con Alfonso Guerra. Salió del Gobierno y de la política, y escribió Federico Sánchez se despide de ustedes.?El largo viaje?, su primera novela (1964), es un hermoso relato de su etapa en la Resistencia. Años después volcó sus recuerdos del campo de concentración en La escritura o la vida.

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martes, 2 de octubre de 2007

HACER MEMORIA


HACER MEMORIA:” La memoria, el recuerdo, nos enriquece. El olvido nos empobrece.

La memoria, el recuerdo, nos hace grandes: el olvido nos empequeñece.

Cuando se cuenta el pasado no se lo revive, se lo reconstruye. Lo cual no quiere decir que se lo invente. No es una mentira. Por el contrario, incluso para elaborar un relato se utilizan elementos del pasado. Pero no todo se vuelve un acontecimiento de vida. Sólo se memoriza aquello a lo cual hemos sido sensibles.

Decir las cosas es vivirlas una vez más pero de otra manera. Es revivir una emoción atribuida a un acontecimiento aunque ya no sea el mismo que se sintió en el momento que se produjo, puesto que hay que evocarla y retocarla para comunicársela a alguien, para compartirla con un oyente o un lector.

Decir nuestra propia historia nos crea un sentimiento de nosotros mismos coherente.

La historización es un proceso de cura, que es necesario para la construcción de toda identidad individual o colectiva.

El olvido nos sumerge en un eterno presente. La memoria es tiempo...nos da el tiempo, nos permite conectarnos con el pasado y por ende nos permite proyectarnos hacia el futuro.

El olvido es muerte, la memoria es vida.

Memoria, olvido, fenómenos casi mágicos y enigmáticos estudiados por el psicoanálisis.

Se olvida lo que tiene algo de impactante para el yo, de tal modo que éste se defiende de ese contenido “peligroso”, lo reprime por amenazante...Pero lo olvidado retorna. Lo reprimido retorna y repite.

Memoria, recuerdo que nos devuelve el pasado,.

No tenemos acceso a la memoria como tal sino a los recuerdos, y esos recuerdos están permanentemente sometidos a reelaboraciones, siempre son fuentes construídas en el presente, mediadas por las ideologías y las presiones sociales del presente. Para algunos el recuerdo es una herida abierta, recordar es una experiencia de dolor permanente. Sin embargo, se da la particularidad de que ciertas memorias deben ser recuperadas para que determinados hechos no vuelvan a repetirse: tienen un valor de enseñanza. Nuestro país se ha caracterizado por imponer activas políticas de olvido...Sabemos que las sociedades no pueden vivir recordando todo, pero, si perdemos nuestra memoria, perdemos nuestra identidad.

Si no recuperamos nuestra historia, no sólo quedamos definitivamente huérfanos, sino que privamos de futuro a las generaciones jóvenes.

Desde esta perspectiva tal vez la tarea de los intelectuales consista en la recomposición de las vías para evitar que el malestar sobrante que acompaña el sufrimiento que hemos denominado “dolor país” devore su pensamiento, e la posibilidad de instrumentar nuevas preguntas con respecto a la historia pero sin que la nostalgia por el pasado o el presente inunde las posibilidades creativas”

Entre Franco y Perón Memoria e Identidad del exilio republicano español en Argentina”. Autor “Dora Schwarzstein”. Editorial “Crítica

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